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Joan Manuel Serrat: ‘El Carrusel del Furo’

14 Diciembre 2009

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No hace falta coincidir en el tiempo ni tocarse para que dos vidas estén unidas por un hilo. Aunque cada cual tiene sus códigos, y poco sabemos de las razones de los demás para hacer una cosa y no otra (o lo que a nosotros nos parece bien que esté mal), hay una tendencia universal e innata a sobrevivir, un milagro poco más que genético con el que nos cargó la naturaleza en beneficio de sí misma y que algún día pagará como error. Porque hay una cierta parte de la propia naturaleza llamada humanidad que además de sobrevivir inventó el concepto de vivir. De darse el gustazo, vamos.

Nada nos lo pone fácil, probablemente el 75% de los que hoy leen ésto en Occidente estarían muertos si lo que por aquí llamamos civilización no hubiera puesto de su parte para crear un entorno positivo en el que desarrollarse, rompiendo conscientemente los horribles planes que la naturaleza concibió para nosotros.

Subirnos a los caballitos es uno de los mejores artificios que negociamos para asegurarnos una estancia medio feliz en el planeta. Por tres pesetas (de las de entonces) nos dice Serrat que vamos a poder vivir una aventura indoor/outdoor al alcance de todos los horarios. A tenor de las risas de los niños, y de la mirada infantil de los que miran embobados pensando en todo y en nada, dejaremos que esté bien por una vez decir que es verdad, que junto a cualquier carrusel las penas son menos.

Serrat lo cuenta y lo canta con tanto tino que de un brinco subimos a su caballito marrón de 1975 y empezamos a girar, asumiendo todos los riesgos. Para algo tiene que servir la alegría: montemos todos, por unos minutos, en el maravilloso carrusel del Furo.

Joan Manuel Serrat – El Carrusel del Furo ( …Para Piel de Manzana, 1975)

wagnerian

The Telescopes, ‘Taste’: Interrogando Al Espejo

10 Diciembre 2009

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Describir la rabia del adolescente tardío que empieza a enfrentarse a las responsabilidades exigidas para su supervivencia diaria, y reticente a aceptar que las reglas del juego que le enseñaron sólo existen en el inconsciente colectivo de la humanidad. Empezar a asumir que verdad y justicia no van a ir de la mano en ese mundo que unos pocos años antes parecía tan sencillo de comprender. Ahí llega: el engaño al que ha sido sometido desde la infancia empieza a aflorar en forma de hermoso monstruo multicéfalo.

The Telescopes, grupo creado en Burt-On-Trent, Inglaterra, en 1986, hicieron aflorar ese monstruo, imaginemos que sólo en parte, a través del vinilo: ejercicio de violencia musical sin parangón en su época y respiradero de los viejos Blue Cheer, Velvet Underground, Stooges o Suicide, tras publicar varios sencillos en el sello (atención a los nombres de las discográficas) Cheree, el grupo ficha por What Goes On, que les edita Taste en 1989.

Producción a cargo de Richard Formby (miembro del grupo Spectrum), y teniendo como ingenieros de sonido a Ken MacPherson y Chris Bell (ex-Big Star), Taste es, sin duda, uno de los discos más feroces de finales de los 80, un maelstrom de wah-wahs distorsionados y fuzz que sólo se detiene para permitir que recupere aire su vocalista y compositor, Stephen Lawrie.

20 años tenía cuando creó las canciones de Taste, y el grupo pronto fue famoso por la corta duración de sus conciertos. A la media hora Lawrie estaba totalmente afónico, y para completar la noche los músicos se enfrascaban en una jam de ruido puro que dejaba aturdido al público.

Entroncando en espíritu con el ‘no future‘ del punk, el posterior viraje del grupo hacia terrenos menos espinosos nos deja con la tranquilidad de que Lawrie lo superó (el único corte delicado del disco, y el primero, And Let me Drift Away…, anticipa la carrera posterior del grupo).

No sabremos nunca si la música es un vehículo expresivo suficiente para que la frustración juvenil se convierta en hecho constructivo. Y digo ésto porque The Telescopes me hacen pensar en suicidas ilustres (Jim Morrison, Kurt Cobain,…) para los que no pareció serlo. Está claro que desde el principio de los tiempos cantamos y bailamos para intentar quitarnos los miedos, para intentarlo al menos. The Telescopes lo hicieron aquí con el mismo o mayor desespero que casi todos los caídos, no por el rock, sino por la incapacidad de enfrentarse a la vida, pero también con el mismo de muchos supervivientes. Y con el hecho diferencial de querer, además, pisar la línea que les podía separar del mercadeo musical de la época.

Lo consiguieron. Taste una tuvo promoción aceptable, pero la eclosión de Madchester y el shoegazing acaparaban la atención de la crítica independiente durante esos años. Se les dedicaron líneas de elogio, pero Inglaterra no estaba entonces para esos trotes. Hoy puede ser disco de culto.

(El disco fue reeditado en CD por Rev-Ola en 2006, añadiendo pistas extras en directo. Antes, en 1990, Cheree ya lo había recuperado en vinilo, tras la quiebra de What Goes On. En el vinilo, la última pista, titulada Suicide, acababa con un surco cerrado, que impedía el salto de la aguja y repetía el último sonido hasta que se apartaba la aguja manualmente).

The Telescopes – And Let Me Drift Away… (Taste, 1989)

The Telescopes – Threadbare (Taste, 1989)

The Telescopes – Violence (Taste, 1989)

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Harold Budd, ‘Avalon Sutra’: El Retrato de la Belleza

3 Diciembre 2009

Harold Budd, compositor neo-clásico estadounidense, es uno de los músicos de vanguardia que más se han acercado a los movimientos independientes de pop y rock, principalmente a través de sus colaboraciones con Robin Guthrie (Cocteau Twins), Andy Partridge (XTC) y Brian Eno.

Su música, un disperso remolino tonal de teclados tratados, está inspirada, según el autor, en los largos ratos que de niño pasaba escuchando el zumbido de las líneas de cable telefónico cerca de su casa, en un pueblo del desierto del Mojave llamado Victorville.

Aunque interesado en la música desde entonces, su carrera no empieza hasta los 36 años, ya casado y con hijos, una vez terminados sus estudios de Composición Musical en la Universidad del Sur de California, en 1966.

Nombre respetado dentro del grupo de compositores de música de vanguardia y minimalista aglutinado en la zona sur de California hacia finales de los años 60, sus primeras composiciones darán lugar a una larga carrera discográfica, muy ecléctica, que empieza con el disco ‘The Pavilion of Dreams‘ en 1978, y que le llevará también a colaborar con músicos de estilos muy diversos.

Además, Budd también acostumbra a saltar de sello en sello, buscando el más adecuado para la realización del proyecto que en cada momento tenga en mente. Casi cada nuevo disco aparece en un sello discográfico distinto.

Tres décadas de composición tienen un final en falso. Con ‘Avalon Sutra‘, Budd se despedía simbólicamente de la música, aunque su pretensión no fue desaparecer del todo. Ha seguido publicando hasta el día de hoy, siempre en colaboración, y con cierta periodicidad. Pero si atendemos al mencionado disco como obra última, debemos decir que Budd reservó lo mejor para el final.

En ‘Avalon Sutra’, Budd se adentra en una tierra de nadie, entre el minimalismo y la música ambiental, sobre cuya tierra crea un jardín íntimo y exuberante. Los temas no se basan en ningún sistema o metodología. Son piezas delicadas, impresionistas, melódicas, cargadas de un sublime misterio, pero que evitan los excesos sentimentales. La ternura que transmiten está siempre templada mediante su profundidad emocional, y dimensionada alrededor de conceptos universales como el recuerdo, la pérdida o la culpa.

En la creación de éstas composiciones, Budd emplea, además de sus característicos remolinos electrónicos y sus delicados encajes pianísticos, un cuarteto de cuerda, y la ayuda al saxo y la flauta de Jon Gibson.

Piezas etéreas, cálidas e inspiradas, con títulos que nos conducen a la creación natural de vívidas ilusiones y realidades ampliamente idealizadas, que transmutan el estilo académico de sus compañeros volcándolo hacia un evocador paisaje emocional que se abre paso a través de alucinadas cascadas de piano y bosques sonoros de una belleza natural y rotunda. ‘Avalon Sutra’ no es una obra aburrida ni anodina, ni un pesado rito conceptual, sino un regalo sensual concebido para llegar a cualquiera que busque un acercamiento al placer puro en la música.

Regalo al que el autor parece haber llegado tras un largo camino de intuiciones: tras éste disco Budd comenta a los medios que no tiene más que decir a nivel musical, y que por tanto se retira.

Su verdad a medias permitió albergar la ilusión a los seguidores de que algún día llegaría una obra futura tan hermosa como ‘Avalon Sutra’ (y casi lo consigue en ‘Before The Day Breaks‘, disco realizado junto a Robin Guthrie en 2007), aunque debemos reconocer que el tortuoso y lento camino que lleva a la creación de una maravilla no es sólo cuestión de genio, también de valentía y azar. Sólo unos pocos tienen la fortuna de recorrerlo más de una vez.

(Como apéndice de la edición, aparece un segundo disco con una remezcla de 70 minutos del tema que cierra ‘Avalon Sutra’, titulado ‘As Long As I Can Hold My Breathe‘, realizada por el compositor electrónico Akira Rabelais).

Harold Budd – Arabesque 1 (Avalon Sutra, 2005)

Harold Budd – A Walk In The Park With Nancy (Avalon Sutra, 2005)

Harold Budd – How Vacantly You Stare At Me (Avalon Sutra, 2005)

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