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Lo que algunos quisieron llamar eterófono

17 Diciembre 2009

El Theremin (Théremin o Théreminvox), que algunos quisieron llamar eterófono, o cómo insinuar que la electricidad viene de otros mundos y el ser humano puede controlarla. Inventado en 1919 por el físico y músico ruso, aunque afrancesado, León Thérémin (Lev Serguéievich Termen), es éste un artefacto curioso siendo como es uno de los instrumentos musicales electrónicos más antiguos que se inventaron, allá por los años veinte, llegándose a comercializar sin éxito en los Estados Unidos bajo la firma RCA. Pero también, y sobretodo, por la forma en que se toca sin ser tocado, con alterar la distancia de las manos respecto a las antenas del Theremin es suficiente, éstas se encargan de convocar la electricidad para que el músico la moldee en honor a Terpsícore. Si bien en origen el timbre del instrumento se asemejaba a la voz humana o a la del violonchelo, no en vano el Señor Thérémin era violonchelista, a día de hoy se fabrican incorporando en ellos la tecnología MIDI, permitiendo la utilizaciones de samplers para que el instrumento emita en la práctica casi cualquier sonido.

Ejemplos de su uso pueden encontrarse en la banda sonora de películas de serie B rodadas en Hollywood entre los años cuarenta y cincuenta. Ya saben, el sonido del Theremin invita a interrogarse sobre lo extraterrestre y resulta perfecto para ambientar películas de ciencia ficción y terror por cuatro duros. Los maestros saben adaptarse a cualquier estilo, de manera que fue Bernard Herrmann quien compuso uno de los mejores exponentes para la banda sonora de The Day the Earth Stood Still (Ultimátum a la Tierra), dirigida en 1951 para la Fox por Robert Wise.

En cine también se ha utilizado este primitivo sintetizador para potenciar ciertas expresiones de los actores. Por ejemplo el compositor Miklós Rózsa utilizó el Theremin en Spellbound (Recuerda, 1945) de Alfred Hitchcok, cuando Gregory Peck perdía el control de sí mismo víctima de pensamientos obsesivos relacionados con un misterioso pasado que no recordaba; suerte que tenía a Ingrid Bergman para asistirle. Del mismo modo y ese mismo año, Rózsa volvió a utilizar el instrumento para  realzar el dramatismo de las escenas de embriaguez de Ray Milland en Días sin huella (The Lost Weekend), de Billy Wilder.

Distinto fue el uso que del Theremin hizo la señora de la fotografía, en la que posa dando muestra de su dominio del mismo. Clara Rockmore utilizó el instrumento para interpretar música clásica del romanticismo, confiriendo al Theremin entidad como instrumento solista dentro de una orquesta. A destacar su disco de 1976 The Art of the Theremin, en el que esta lituana de aspecto misterioso interpretaba transcripciones de composiciones de Ravel, Stravinsky, Tchaikovsky y Saint-Saëns, por citar algunos, con un lirismo equiparable al de las mejores sopranos. En la línea de Rockmore y en la actualidad, Lydia Kavina ha recibido notable éxito como virtuosa del instrumento, que ha utilizado en numerosas bandas sonoras. Resulta que León Thérémin era el tío abuelo de Lydia y la instruyó en el uso del instrumento cuando era niña. Claro, así cualquiera.

Ya que el Theremin nunca ha estado de moda pasa de ella, y todo aquel que ha querido estar a la última lo sabe. Muchos se han puesto delante de este sin par instrumento en alguna ocasión. Uno de los primeros en apuntarse el tanto fueron los Beach Boys con el sencillo Good Vibrations, que en 1966 salió al mercado con la vitola de ser el primer disco de música pop en el que se podía escuchar un Theremin. En vídeo pueden ustedes contemplar a Jimmy Page en la película The Song Remains the Same de Led Zeppelin improvisando con un vetusto Theremin de una sola antena durante el tema Whole Lotta Love. Pero la lista, como revela la Wikipedia, es enorme: Pink Floyd, Nine Inch Nails, Skunk Anansie, Los Planetas, Jean Michel Jarre, Jon Spencer Blues Explosion, Portishead, The Gathering, Spock’s Beard, Lendi Vexer, Estirpe, Green Carnation, Messer Chups, Sunkfool, Fangoria, La oreja de Van Gogh, Amaral, Los Delinqüentes e incluso Estopa.

Por último mencionar una película documental que fue en parte responsable de la recuperación del Theremin durante los años noventa, Theremin, an Electronic Oddysey (1995), dirigida por Steven M. Martin y protagonizada junto a Robert Moog, otro pionero de los instrumentos electrónicos, por el propio León Thérémin.

Bernard HerrmannPrelude/Outer Space/Radar (The Day the Earth Stood Still, 1951 )

Clara Rockmore – Tchaikovsky: Valse sentimentale (The Art of the Theremin, 1976)

Lydia Kavina – Free Music No. 1, for 4 Theremin (Music from the Ether: Original Works for Theremin, 1999)

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El jazz debe morir

8 Noviembre 2009

The Cry of Jazz

Retrocedamos en el tiempo. Estamos en 1959, en una minúscula habitación de Chicago, en la que se desarrolla una discusión entre unos afroamericanos concienciados y unos chicos blancos. Estos últimos no están de acuerdo con la siguiente afirmación: “Para que la América negra viva, el jazz debe morir”, ya que es la manifestación del sufrimiento y la rebeldía del pueblo negro en los Estados Unidos. Los chicos blancos consideran que el jazz sólo es un estilo musical, y que los músicos blancos pueden tocarlo igual de bien que los negros.

En esencia, ésta es la base argumental de la película de Edward O. Bland, The Cry of Jazz (1959), un cortometraje poco conocido puesto que permaneció prácticamente inédito hasta su edición en DVD en el año 2004. La película propone la existencia de un vínculo indisoluble entre el pueblo afroamericano y el jazz. Durante escasos 35 minutos, el film incorpora imágenes de la Sun Ra & His Arkestra, quienes a su vez sirven de resonante banda sonora a ritmo de swing interplanetario, junto a disertaciones sobre el jazz y la historia de los afroamericanos en los EE.UU. Resulta, en fin, una visión sociológica de la música jazz más interesante que la serie documental de Ken Burns entera.

Sun Ra – Space Is the Place (Space Is the Place, 1972)

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Maestro Woody Allen

6 Agosto 2009

woody

No suelo tener la oportunidad de llamar a alguien maestro desde que los tuve en colegio e instituto, dándome lecciones de tantas cosas y tan deprisa que a duras penas pude retener una tercera parte de la información recibida: ni hablemos de hacer una raíz cuadrada, por ejemplo. Sin embargo, a veces, doy con la argumentación de alguien que me ofrece las palabras que, cual sabueso, buscaba por las paredes, supongo húmedas, del pensamiento. Determinas personas me proporcionan abundante material teórico para mis divagaciones, muchas de las cuales asoman tímidamente por mis escritos y conversaciones. Uno de los habituales es Woody Allen.

Recomiendo la lectura de un libro escrito por Jean-Michel Frodon y publicado por Ediciones Paidós, de nombre Conversaciones con Woody Allen. En realidad es una recopilación de las numerosas entrevistas que Frodon realizó a Allen, la mayoría de las veces con motivo de las visitas del cineasta por suelo francés para presentar una película. De las materias tratadas en estas entrevistas una ha llamado en especial mi atención de cinéfilo en ciernes. Algo que barruntaba desde hace tiempo y Allen, un cineasta que ha conseguido realizar su carrera al margen de los grandes estudios cinematográficos norteamericanos, y por tanto no debe nada a estos, me ha ayudado a configurar mentalmente.

Se trata de la desmitificación de la producción cinematográfica del Hollywood clásico. Ésta última, al menos la comprendida entre los mediados los años treinta hasta los sesenta, se suele considerar el no va más de la historia del cine. Pero hay que tener en cuenta que Hollywood, la llamada “Fábrica de Sueños”, durante aquellas décadas producía centenares de películas al año y, como afirma Allen: “En su mayor parte sólo eran dignas del cubo de la basura, cosas horribles, aunque sólo conservemos el recuerdo de las obras maestras que despiertan nuestra admiración”. No más de una decena, como pueden comprobar si tienen un rato y bibliografía sobre la materia, en todo caso un porcentaje ínfimo de la producción anual.

Prosigue, y sentencia, Allen: “Hollywood ha sido siempre una fábrica, por lo menos desde los años veinte. Siempre han existido grandes compañías y siempre ha sido muy difícil trabajar con ellas. El sistema ha asfixiado a un gran número de creadores, pero es tal la cantidad de individuos con talento que de cuando en cuando surge una buena película pese a todas las presiones”.

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