El hombre equilibrado

5 septiembre 2009

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En 1905, pocos meses después de su setenta cumpleaños, Mark Twain escribió una carta a su íntimo amigo el reverendo Joseph Twichell en la que confesaba una de sus postreras preocupaciones: “¿Soy honrado? -preguntaba-. En confianza te doy mi palabra de honor de que no lo soy. Durante siete años he ocultado un libro que mi conciencia me dice que debo publicar”. Clemens se refería al ensayo ¿Qué es el hombre? que nunca publicó bajo su conocido seudónimo ni ningún otro; finalmente hizo circular una edición limitada anónima que pasó más bien desapercibida.

Desde hace años uno puede acudir a una librería y encontrar dicha obra bajo la marca Mark Twain. Ésta incluye un prefacio en el que el autor justifica su reservada postura: “Los estudios para este ensayo fueron comenzados hace veinticinco o veintiséis años. (…) Cada pensamiento ha sido meditado (y aceptado como una verdad indiscutible) por millones de hombres y ocultado, guardado en secreto. ¿Por qué no hablaron con claridad? Porque temían y no podían sobrellevar la desaprobación de las gentes que les rodeaban. ¿Por qué no los he publicado yo? Me ha retenido la misma razón, según creo. No puedo encontrar otra”.

Aprovecho esta aclaración introductoria para recordar que hay gobiernos que no osan pronunciar la palabra que empieza por “n” (la Administración Obama se está esmerando en evitar el término “nacionalizar”, tanto es así que algunos comentaristas de la prensa económica estadounidense ya han denominado con sorna la “palabra n” o “la palabra que empieza con n”). Esto en la actual realidad socioeconómica, cuando el sentido común, esa quimera, parece indicar que va siendo hora de que esos millones de personas de los que hablaba Twain, que hoy serán millones más, empiecen a hacerse oír. Porque si no, todavía van a colarnos que la crisis, en su origen, fue algo etéreo, de generación espontánea, cuando sabemos perfectamente que fue causada por la codicia del sector financiero. Por lo pronto afirmaré a las claras, a diferencia de Twain, también tengo menos que perder, que el sistema socio-político imperante no funciona más que para unos pocos.

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