Archive for febrero, 2010

Thelonious Monk: Escribiendo garabatos

13 febrero 2010

Empecemos por el capítulo de las confesiones: Me cuesta expresar lo que siento cuando escucho a Thelonious Monk, otros lo han probado con mejor fortuna. Su música es algo distinto, algo difícil de explicar, algo cercano al inconsciente. A veces me dan ganas de calificar sus solos de pueriles, sin ánimo peyorativo, todo lo contrario, por su pureza. Monk es de los pocos que han sido capaces de expresar su propio universo particular con música, por eso la que él interpretó es tan personal, tan rara y tan maravillosa. Su forma de tocar el piano me gusta imaginármela como la búsqueda de unas notas que se esconden en la melodía, que sólo él sabe encontrar.

Monk fue un ser diferente. Su estado de ánimo era inestable: podía dejar el piano y ponerse a bailar la música que tocaba la banda un día y otro encerrarse en sí mismo y no hablar sino con su música. Como sabía expresarse de maravilla con su piano, llevarte de visita a ese universo particular suyo, su forma de tocar no puede emularse. Si bien Monk es una inspiración para tantos y tantos músicos de jazz, no ha creado escuela. No podemos encontrar una veintena de músicos que suenen como él, como sí se pueden encontrar más de una veintena que suenen como Charlie Parker. Esto es consecuencia de lo anterior. Woody Allen, que ha utilizado la música de Monk en su cine (el disco Monk’s Dream aparece en su película Alice, de 1990, protagonizada por Mia Farrow) y se declara admirador de Thelonious Monk, ha llegado a comparar su caso con el suyo, en el sentido de que él también se sabe un creador muy valorado, pero nadie hace el mismo tipo de cine que él.

No es fácil escribir un garabato.

Thelonious Monk – Just a Gigolo (Monk’s Dream, 1962)

Vineshoot

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Kraftwerk: El rock ha muerto

9 febrero 2010

El sintetizador es un instrumento psicoanalítico, es un instrumento freudiano. Es parecido a los electrodos que el neurólogo te pone en la cabeza para hacerte un encefalograma, y los resultados son muy parecidos. Nos sentimos muy satisfechos con las posibilidades que el sintetizador nos brinda en la actualidad, aunque esperamos que se avance todavía más en ese terreno. (Ralf Hütter, Kraftwerk)

Empeñados en sonar distintos, los profetas del tecno pop abandonaron instrumentos como las guitarras eléctricas y las baterías, que habían caracterizado la música popular de las dos décadas anteriores, en favor de los sintetizadores y las cajas de ritmos. Las consecuencias se dejaron notar en los gustos de los adolescentes de los años ochenta. Atrás quedaron las comunas al sol, para imponerse una estética sintética que, años después, con el advenimiento del SIDA, encontraría su perfecta metáfora en el preservativo.

Kraftwerk fueron paradigma de esta revolución. Pioneros en los setenta, emergieron de la misma corriente musical alemana que alumbró formaciones como Can o Tangerine Dream, con los que guardaron cierto parecido en sus primeras grabaciones. El grupo giraba en torno a la personalidad de Florian Schneider y Ralf Hütter, estudiantes ambos de música clásica en el conservatorio de Dusseldorf. Su primer disco se editó en 1971, con el nombre Kraftwerk 1, ya desde el título una declaración de intenciones, inaugurando una serie de diez discos hasta el momento. Discos en los que, a pesar de lo que pudiera pronosticarse, se descubre una fenomenal demostración de dominio de la máquina para interpretar pasajes sonoros minimalistas de notable expresividad, pero que en ocasiones pueden llegar a congelar el ánimo del oyente, atrapado en un trance inducido por la máquina cibernética. Su disco de 1974 Autobahn es un buen ejemplo.

Los miembros de Kraftwerk (“central eléctrica” en alemán) interpretaron el papel de robots que bailaban en búsqueda incesante de lo moderno; deshumanizando al músico, que afirmó estar dominado por la máquina, ser el hombre-máquina, consumidor de la última tecnología que le proporcionaba el mercado. En algunos de sus conciertos, se suplantaron a sí mismos por cuatro maniquíes, los músicos se limitaron a accionar los potenciómetros y saludar a un público deslumbrado por la osadía de lo nunca visto. Letras como la contenida en su tema Radio-activity parecen revelar la impostura: “Yo soy la antena, tú eres el transformador. Pásame la información”. No es el músico ni la canción la que posibilita el negocio de la música sino el oyente.

Kraftwerk – Kometenmelodie 1 (Autobahn, 1974)

Kraftwerk – Boing Boom Tschak (Electric Cafe, 1986)

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Robert Frank: ‘The Americans’

3 febrero 2010

Probablemente Robert Frank no pretendía encontrar en el camino al enemigo de su futuro personal, ese al que llaman patriota, y que pretende cobrarnos por algo que es en esencia nuestro. Podríamos llamar a eso robo, de forma peculiar, porque engañarse no es robar, a no ser que uno se desplume a sí mismo.

A falta de razones para quedarse en su Suiza natal, Frank viajó a Nueva York con el oficio de fotógrafo bien aprendido. Llegaba agotado por la falta de motivación, y triunfar en la fotografía de moda no fue más que otra forma de las muchas que tiene la tiranía de atarnos a sus placeres. Allí conoció íntimamente a Kerouac, a Ginsberg, y la presencia telúrica de la generación beat en aquellos E.E.U.U. le permitió embarcarse en una aventura de dos años, 28.000 fotografías y varios arrestos, probablemente injustificados, a través del país.

Sólo 83 imágenes fueron seleccionadas por el autor para pasar a formar parte de The Americans (1958), al parecer uno de los libros más influyentes en la fotografía del s.XX. Aquí ya cada uno puede poner su paraguas particular, pero cuidando de no quedarse a la intemperie resumiendo un tema complejo con alguna intención fabulada.

Técnicamente, su utilización de la máquina es ruptura, como en el cine lo fue la máquina de la Nouvelle Vague: enfoques inusuales, uso de luz baja… una meditación generalizada de esos cánones inexplicables que también atan la expresión verdadera en el arte y en los corazones lisiados.

Sus intenciones siempre las buscamos más sencillas, para intentar no hundirnos en simplezas: esa solución no siempre malintencionada de poner un espejo frente a la patria no legitima la histeria, pero lo cierto es que los padres de la patria estadounidense no pudieron resistir la tentación de dejar que el libro se editara antes en Europa. Y no indignó que Frank mostrara algunas miserias, que no eran tantas porque eran las mismas que las de los demás, sino que mostrara que los iconos, los útiles, no se implantan. Que cierta magia, por formidable que parezca, no decide nuestros nombres. Ni nuestras razones. Lo que le regalamos a la libertad ya nos lo ha robado antes la patria.

Por eso no es extraño que ante la adversidad cambiemos nuestra relación con la historia, y que en el silencio del pueblo americano se hicieran algunos cambios a través de la cámara de Robert Frank.

wagnerian