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The Replacements: I Will Dare

22 febrero 2011

No deja de ser curioso que entre los aparatajes de nuestras levantadas de telón diarias nos veamos a menudo sometidos a las exigencias de la felicidad a través de las amenazas de todos sus contrarios, mientras con esa estrategia se consigue ignorar a dos bandas las potencias fundamentales de la alegría.

Lo que se nos ofrece para alcanzar la plenitud constante no pasa de ser una mayor tristeza acumulada en cuerpos y cajones: hoy un implante mamario para ella, o un corrector dental para él, mañana la revolución de un electrodoméstico o la seda de una sinrazón en forma de velocípedo. Así vamos asegurando nuestro sufrimiento y alguna otra causa que tiene que ver con que la humillación ajena acabe forjándonos la nuestra, además de someternos al dolor de terminar cambiando lo propio por el aspecto indisoluble de lo extraño. Lo cual hará, adecuada la duda a cualquier mentira, que lo conseguido con entereza resulte casi imposible de reconocer como una necesidad y que por tanto resulte un merecido premio a nuestro valor. Es fácil adivinar que lo que nos exigen raramente puede considerarse como un triunfo personal. ¿Cuánto de lo que no somos, de la realidad que aun somos, se puede ver compensado por el dudoso mérito de haber renunciado a la íntima alegría a cambio del imposible, totalmente imposible, reconocimiento de otros?

Lo siniestro tiene la mejor de las famas. El optimismo sensato de los que creen que los demás les entienden y su contarlo cada día con una sonrisa reside en la voluntad de renunciar una y otra vez a lo esencial, depositando todas las esperanzas en la alegría, esa que guarda todo lo que nuestra opaca realidad ignora. No es necesario que para la triste celebración de lo alegre nos vistamos de perros y gatos. La podemos ir acotando con un par de lápices de colores, con cuatro notas, o con el derecho a seguir escuchando.

Y siempre es mejor en cualquier compañía que inútilmente victoriosos.

The Replacements – I Will Dare (Let It Be, 1984)

wagnerian

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The Del-Vetts: Chicago’s North Shore

19 enero 2011

Corrían los primeros meses de 1966. Ya bien nacidos en los suburbios del norte de Chicago, y una vez cerrado el trasiego de músicos inherente a toda banda que arranca sin demasiadas pretensiones, la formación más sólida de The Del-Vetts consiguió entrar en estudio y grabar un tema que nos anima a ejercer con alegría los deberes exigidos por el oficio de vivir. Dicho tema se llamó y se llama Last Time Around.

Marcado eficazmente por el sonido de la era Beck de los Yardbirds, conseguirá, entre otras muchas ventajas para el cutis y la piel de dentro, un éxito local remarcable. La promesa, por si fuera poco, les invita a meterse de nuevo en la madriguera para enfrentarse a la grabación de I Call my Baby STP, tema que no corre la misma suerte, y acaba despistado en los charts del momento.

Tras el revés, y para despistar al demonio, se rebautizan como The Pride and Joy, y de paso recuerdan dejar olvidada en el sótano de las pequeñas frustraciones su alma de garage-punk. Acaban igualmente desmantelados, allá por 1968.

Aquella prosaica joya de los Del-Vetts se quedó dormida en las paradojas numeradas del éxito e incluso en los archivos de los coleccionistas, hasta que el sello Rhino la recuperó para una revisión aumentada y digitalizada del famoso recopilatorio Nuggets, editada en 1998.

Parece que sigue sin descascarillarse al entrar en contacto con la realidad.

The Del-Vetts – Last Time Around (Last Time Around, 1966)

wagnerian

Billy Collins: Un poema

13 enero 2011

Pico un poco de perejil mientras escucho la versión de Three Blind Mice* de Art Blakey

Y me pregunto como habrán llegado a quedarse ciegos.
Si fuera congénito podrían ser hermanos y hermana,
e imagino a la pobre madre
cuidando de sus pequeños trillizos invidentes.

¿O fue en algún accidente casero, los tres dañados
por alguna explosión abrasadora, o por algún petardo?
Si no,
si cada uno se quedó ciego por separado,

¿cómo se las arreglaron para encontrarse?
Si ya es difícil para un ratón ciego
dar con algún compañero vidente
¿no lo es más aun dar con dos también ciegos?

¿Y cómo, en su oscuridad diminuta,
podrían huir de la esposa del granjero,
o de la esposa de cualquier otro si se diera el caso?
Y no hace falta decir por qué.

Simplemente porque les podría cortar las colas
con un cuchillo de trinchar, responde el cínico,
pero la imagen de esos ratones sin ojos
y ahora sin colas que arrastrar a través de la hierba húmeda

o poder deslizar sobre la esquina del rodapié
tiene al cínico que holgazanea en mi interior
subido el sofá y asomado a la ventana
intentando ocultar la creciente ternura que le embarga.

A éstas alturas ya me dispongo a trocear una cebolla
lo cual podría explicar el húmedo escozor
que siento en mis ojos, aunque la melancólica trompeta
de Freddie Hubbard en ‘Blue Moon’,

que resulta ser el siguiente corte,
no es probable que vaya a mejorar demasiado las cosas.

Art Blakey & The Jazz Messengers – Three Blind Mice (Three Blind Mice Vol.1, 1962)

Art Blakey & The Jazz Messengers – Blue Moon (Three Blind Mice Vol.1, 1962)

*Tres Ratones Ciegos

A la torpe traducción del inglés:

wagnerian

David Bowie: Ziggy Stardust

29 diciembre 2010

Sujetado por un Ziggy con gomina, ese cojín en forma de llama situada en la parte inferior de la foto parece una pincelada recordatoria del paso del tiempo, un indicio, por si la textura de postal rescatada no fuese suficiente, de que el mundo retratado ya empieza a desaparecer.

En el centro la imagen, el David Bowie ya veterano del gesto que empezaba a ser catapultado a la cima de las listas de éxitos, cigarrillo en alto, con el gesto de victoria más preciso que hemos visto en ninguna de las portadas de sus álbumes, es alejado por una delgada neblina de su horizonte: los estudios de grabación de la RCA en Reino Unido.

No lo escolta en el autohomenaje Rick Wakeman. Ni Mick Ronson. Ni Ken Scott. Tal vez se advierta (no es seguro) un marco conteniendo algún trofeo discográfico ajeno. Rematando lo invisible se debería poder observar la silueta doble de nuestro hombre, con la mano a modo de visera sobre los ojos, casi cubriendo todo el cuadro, mirando hacia fuera. Hacia nosotros. Debería parecer sorprendido, como si dijese nunca pensé que a finales del 2010 hubiese todavía gente interesada en nuestro mundo. Puede que así fuera un segundo antes, pero el gesto fue otro, quizá porque los demonios no acostumbran a ser tan madrugadores.

Aun quedamos, pues, algunos de esos interesados en revivir retratos ficticios de Bowie, impulsados por la importancia que damos a abrir los ojos sin que necesitemos para ello de un desengaño, advirtiéndonos también entonces a nosotros mismos y a los demás de que como dicen en esa historia que nos va a empezar a contar el único rockero que queda vivo, no pienses que estás en ésta canción. Y todo puede resultar incluso ridículo, porque los sueños se encadenan igualmente, y sentado sobre la quinta silla de una total de nueve, sacando la cabeza por encima del cuello de una camisa blanca que parece dibujada a tiza por un niño, Ziggy Stardust se anima. El que está a su lado, ahora sí, es Mick Ronson, héroe del glam. Y de la figura de Rick Wakeman emerge una camisa morada sobre unos pantalones largos, mientras vemos como se sitúa de pie junto al puente por el que cruzan algunos inocentes que aun andan dormidos.

La foto imaginaria pudo haber sido tomada por muchos fotógrafos de renombre, pero para asegurarnos de que hacemos lo correcto, los que contamos debemos decir que sólo andábamos buscándoos un buen regalo, de esos valorados porque nos aclaran que nuestros nombres están apuntados, desde hace demasiado tiempo, a una contrarreloj.

David Bowie – Ziggy Stardust (Live in Santa Monica, 1972)

wagnerian

Luis Eduardo Aute: La Belleza

7 agosto 2010

Enemigo de la guerra
y su reverso, la medalla,
no propuse otra batalla
que librar al corazón
de ponerse cuerpo a tierra,
bajo el peso de una historia
que iba a alzar hasta la gloria
el poder de la razón.

Y ahora que ya no hay trincheras,
el combate es la escalera
y el que trepe a lo más alto
pondrá a salvo su cabeza,
aunque se hunda en el asfalto
la belleza.

Míralos como reptiles,
al acecho de la presa,
negociando en cada mesa
maquillajes de ocasión;
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre
locos, porque nos deslumbre
su parásita ambición.

Antes iban de profetas
y ahora el éxito es su meta;
mercaderes, traficantes,
más que nausea dan tristeza,
no rozaron ni un instante
la belleza.

Y me hablaron de futuros
fraternales, solidarios,
donde todo lo falsario
acabaría en el pilón.
Y ahora que se cae el muro
ya no somos tan iguales
tanto tienes, tanto vales,
¡viva la revolución!

Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo;
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza….

Luis Eduardo Aute – La Belleza (Segundos Fuera, 1989)

wagnerian