Archive for the 'Jazz' Category

Liberation Music Orchestra: Canciones protesta sin letra

9 diciembre 2013

Liberation Music Orchestra (Impulse!, 1969)

1969, la Guerra de Vietnam se encuentra en pleno apogeo, Charlie Haden, contrabajista del cuarteto de Ornette Coleman que reformó el jazz a finales de los cincuenta, funda la Liberation Music Orchestra y, con la colaboración primordial de la  pianista, arreglista y compositora Carla Bley, graba la banda sonora de la disidencia. ¿Acaso pretendía cambiar el mundo sin palabras, con el mero empleo de armonías? Pongamos en duda ante los escépticos el potencial comercial de mezclar viejos himnos republicanos de tiempos de la Guerra Civil española con el free jazz. ¿Cabe imaginarse una big band postmoderna avanzando orgullosa por las listas de éxito al compás de El Quinto Regimiento, Los Cuatro Generales o Viva la Quince Brigada? En septiembre de 2006, Haden contó a Democracy Now! cómo se gestó semejante proyecto: “Me preocupaba lo que estaba sucediendo en el mundo a causa de la administración Nixon y la guerra de Vietnam, pensaba que tenía que hacer algo al respecto. Tenía algo de música de la Guerra Civil española y empecé a pensar en que quizá podía hacer algo donde interpretar esas canciones de contenido político”.

No resultó fácil que un sello discográfico se hiciera cargo de la grabación. Más sencillo fue conseguir interesar a un conjunto de músicos con los que Haden había tocado en el pasado para que integraran la primera formación de la Liberation Music Orchestra. En cuarenta años por sus filas han pasado diferentes intérpretes dirigidos siempre en lo musical por Bley (Gato Barbieri, Sam T. Brown, Don Cherry, Earl Gardner, Joe Lovano y Branford Marsalis entre otros), reunidos para giras y grabaciones esporádicas, cuando los acontecimientos despertaban la ira de su líder. La política exterior de Ronald Reagan en Centroamérica inspiró el álbum The Ballad of the Fallen (ECM) en 1982, Dream Keeper (Blue Note) apareció en 1990 con Sudáfrica y Sudamérica como trasfondo y Not In Our Name (Verve) en 2005 como reacción a la invasión de Iraq.

En las notas de la cubierta de aquel primer disco de 1969, homónimo, para el sello Impulse! Haden escribió: “Después de que la plataforma minoritaria contra la guerra del Vietnam fuera derrotada en una votación en el Congreso [Congreso Demócrata de Chicago de 1968], las delegaciones de California y Nueva York empezaron a cantar de forma espontánea We Shall Overcome [Venceremos, himno del movimiento por los derechos civiles en los Estados Unidos, que se incluyó como última canción del disco] como protesta. Incapaz de mantener el orden en la sala, la tribuna ordenó a la orquesta de la convención que sofocara los cantos. Entonces pudieron escucharse las patrióticas You’re a Grand Old Flag y Happy Days Are Here Again en un intento de extinguir We Shall Overcome. Para mí ésta es la historia, en términos musicales, de lo que sucede en la política de nuestro país”.

Decía Phil Ochs que en tiempos tan desagradables la verdadera protesta es la belleza, sirvan estas líneas para dejar constancia de esta encarnación.

Liberation Music Orchestra – El Quinto Regimiento/Los Cuatro Generales/Viva la Quince Brigada (Liberation Music Orchestra, Impulse!, 1969)

Vineshoot

Anuncios

Charlie Parker que no estás en los cielos

22 febrero 2013

Una cosa es segura respecto a Parker: carecía del más elemental sentido común. Suele ocurrir con los genios. La falta de juicio le impulsó a llevar una existencia autodestructiva, es cierto. Pero, al mismo tiempo, esa independencia, esa irrefrenable impulsividad, convirtieron a Parker en uno de los más grandes músicos de la Historia. Y no me refiero sólo al jazz. De haber tenido juicio, de ser conformista, se habría limitado a preguntar a su profesor de Kansas, Alonzo Lewis, cómo tocar jazz. Éste, sin duda, le habría contestado que el jazz ha de tocarse tal y como lo hacían los “padres” del género: en pocas tonalidades, sólo las más fáciles para los instrumentos de viento. Pero esa pregunta nunca existió. Alguien había dicho a Parker que existen 12 tonos, uno por cada una de las teclas blancas y negras de un piano. Así pues, ¿por qué no utilizarlos todos para tocar jazz? Parker se empeñó en aprender los diversos tonos y escalas; los grabó en su memoria, incluso las escalas menos frecuentes en el jazz.

Pero no solo de tonos, escalas e intervalos se nutría el genio. En su fonógrafo portátil repetía una y otra vez los discos de su admirado Lester Young. Aprendió sus solos nota a nota, conoció la forma en que Lester sostenía las notas para dotarlas de mayor swing, también asumió su “falsa digitación”, mediante la cual era posible hacer surgir la misma nota desde distintas posiciones de los dedos, lo que permitía tocar una misma nota con diferentes efectos de cualidad y textura. Charlie Parker vivía para su instrumento, el saxo alto.

Evidentemente, sus ansias por innovar no podían hacerse efectivas en el seno de las big bands de los años 30, empeñadas, salvo excepcones honrosas (hey Duke!), en reiterar melodías y cambios de acordes prefabricados y aptos para el baile. Pese a ese corsé que suponía tocar en una big band, su cabeza era un semillero de nuevas ideas. Él mismo lo explica mejor que nadie: “una noche estaba tocando en un establecimiento de chiles picantes situado en la Segunda Avenida. Era en diciembre de 1939. Estaba aburriéndome con las variaciones estereotipadas que llevábamos haciendo todo el tiempo, y me puse a pensar que había que llegar más allá. Esa noche, mientras tocábamos Cherokee, descubrí que estaba utilizando intervalos más agudos como linea melódica y que lograba enlazarlos mediante variaciones de acordes adecuadas. A partir de ese momento conseguí tocar lo que llevaba cierto tiempo escuchando en mi cabeza. Me sentí vivo”.

Todavía se mantuvo algunos años más como músico a sueldo de big band, pero la revolución era ya imparable. Pronto trabó amistad con otros jóvenes transgresores que trataban de encontrar su estilo propio fuera de su trabajo en las bandas. Dizzy Gillespie, Kenny Clarke, Monk, Bud Powell y el propio Parker crearon el nuevo jazz en las madrugadas del Minton’s Playhouse, un garito de poca monta situado en pleno Harlem que todos ellos gustaban frecuentar para organizar las famosas jams en las que primaba todo el ideario musical de Parker: improvisación, velocidad, polirritmia y agresividad. Así, casi sin proponérselo, un puñado de monstruos alumbraron la música más maravillosa que se pueda imaginar: el be-bop.

El gran Louis Armstrong perdió una buena oportunidad de mantener su enorme boca cerrada cuando, ante el ascenso imparable de esta nueva generación, afirmó: “…hablo de todos esos jóvenes excéntricos de la calle 52. Ellos quieren ganar dinero prioritariamente y les importa un bledo la música. Uno escucha esas armonías extrañas que nada significan y pronto se cansa porque no puede recordar la melodía y no se puede bailar sobre el ritmo. Nosotros (refiriéndose al jazz tradicional de los 20 y 30’s) estaremos aún ahí cuando hayan caído en el olvido. Serán barrenderos de las calles mientras que nosotros comeremos bogavante en el Negresco”.

Charlie Parker. Heroinómano, alcohólico, bulímico. Genial, innovador, virtuoso. Tal vez el hecho de escuchar hoy a Parker no produzca las mismas sensaciones que hace 50 años. Tal vez, quienes se acerquen a él por vez primera piensen que no hay nada novedoso en su música, que es lo de siempre. Que eso sea así no se debe a cosa distinta que la tremenda influencia que Parker ejerció en todos los jazzmen posteriores. Desde Rollins a Adderley, pasando por Coltrane, todos ellos se han inspirado en Bird y han asumido su lenguaje.

Nunca apareció en la portada de un gran periódico, nunca apareció en producciones de Holywood, nunca, ni una sola vez, grabó para un sello discográfico de renombre. Ahora, 60 años después, es fácil hacer las reverencias. Es fácil inaugurar bustos en su recuerdo. ¿Verdad, alcalde de Kansas? Encima tan feos como éste.

Charlie Parker – Lover Man (Complete Dial Sessions, 1947)

ciruja

Johnny Hodges: Gone with the Wind

10 octubre 2011

Las tardes como vienen se van. Eso mismo deben pensar los discos de nosotras, las humanas. Ya sea el intérprete principal, el ingeniero de sonido o la novia del pianista, todas pasan de largo y los discos se quedan. Como quien guarda la discoteca del fallecido Johnny Hodges, pero podrían ser los de Duke Ellington, a poco que busquemos por la jota encontramos su disco de 1958 Blues-a-Plenty. Fantasía para saxo alto (Hodges), tenor (Ben Webster), trompeta (Roy Eldridge) y trombón (Vic Dickenson).

La tarde pasa, la música se queda.

Johnny HodgesGone with the Wind [Blues-a-Plenty, 1958]

Vineshoot

Henry Threadgill – X-75 Volume 1

9 octubre 2011

Henry Threadgill

Disco fósil, sedimentado en colecciones de vinilo, el primero de Henry Threadgill en solitario naufragó en oídos sordos. Acaso en previsión de ello su creador se permitió la licencia de convocar para su grabación un noneto, formación inverosímil en la historia del jazz, compuesto por una vocalista, Amina Claudine Myers, cuatro instrumentos de viento y cuatro contrabajos. Estos últimos, a cargo del Brian Smith’s Bass Violin Choir, son los encargados de soportar la estructura rítmica de las cuatro composiciones de Threadgill, que conforman un trabajo colectivo en el que no destaca solista alguno, excepto en Fe Fi Fo Fum, en el que Threadgill teje como solista al saxo alto, único tema que un purista podría denominar jazz. Durante el disco, el músico se combina entre flautas y saxofones junto a Wallace McMillanJoseph Jarman y Douglas Ewart. Nueve músicos para que destaquen sobremanera los arreglos. Extravagante y muy cierto.

Henry Threadgill – Celebration [X-75 Volume 1, 1979]

Vineshoot

Marc Ribot: Componiendo su banda sonora

9 febrero 2011

Marc Ribot (Newark, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1954) es un guitarrista y compositor y, como el buen sentido no es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, destaca entre sus semejantes. Sus aventuras musicales le han llevado por múltiples proyectos, lo que para muchos supone un problema para colocar sus discos en la estantería. Sin embargo, si las etiquetas sirven para ayudar a los dependientes de las tiendas de discos, también pueden romperse o, mejor aún, hacer como que no están, en definitiva, que no sirven. Así, no es de extrañar que el músico haya propinado a diestro y siniestro los más angustiosos guitarrazos rockeros (Yo! I Killed Your God, 1999), visitado Cuba con los muy recomendables Cubanos Postizos (en el homónimo, pero en inglés, The Prosthetic Cubans de 1998 y, dos años después, con Muy Divertido!), colaborado una y otra vez  con John Zorn (etiquetado sin rubor como ‘músico de vanguardia’) o acompañado a Tom Waits. Será que de un tipo que cita como influencia al controvertido saxofonista ‘sin normas’ Albert Ayler se puede esperar cualquier cosa.

Con su último disco, Silent Movies (Pi Recordings, 2010), Ribot se presenta en solitario musicando la banda sonora de películas mudas imaginadas; solipsismo que rondará lo introspectivo y distante para aquellos cuyas emociones sean ajenas a las del músico y, sin embargo, hará las delicias de aquellos que sepan escuchar ese ‘Sí’ que a veces revolotea dentro. Nada nuevo para los que conozcan bien su discografía. Los paréntesis siempre cuentan más de lo que parecen y, por tanto, Marc Ribot es un guitarrista estadounidense, uno que escucha música de aquí, de allá y de más adentro, pero sobretodo uno con la habilidad instrumental suficiente y la personalidad necesaria para que su música sea inconfundible.

Marc Ribot – Delancey Waltz (Silent Movies, 2010)

Vineshoot