Archive for the 'Pop-Rock' Category

¿Quién es el policía de la mente?

11 febrero 2011

El ser humano en contacto con la naturaleza tiene una relación distinta con la vida y la muerte que cuando habita donde los niños no saben que los pollos tienen plumas. Mi abuelo creció en el campo y, a veces, le oía contar historias de accidentes que acabaron en tragedia, de sangre contra las tapias de un cementerio; escenas que un niño de ciudad nunca había presenciado si no era a través de la cultura audiovisual. Ante sucesos de esa índole, mis sensaciones estaban condicionadas por series de televisión y películas en las que, por más tiros que se pegaran, no moría nadie y si alguien lo hacía era porque lo tenía merecido, aunque fuera por lo extraño del color de su piel. Qué curioso. Y determinados productos comerciales, aunque artificiales, siempre han estado asociados a mi vida y, claro, a la que me despisto, me resultan entrañables. ¿Quién es el policía de la mente?

Things Go Better with Coke (Las cosas van mejor con Coca-Cola) es un disco que recopila 61 temas (73 minutos) grabados por distintos artistas pop, entre 1965 y 1969, para promocionar dicho brebaje. Entonces era habitual que músicos de éxito vendieran su presencia haciendo publicidad para la radio, un medio todavía tan popular como la televisión, así como que jóvenes promesas aprovecharan la fórmula para darse también a conocer junto a una botella de Coca-Cola. La lista es tan divertida y variopinta que no resulta tediosa: los Bee Gees, los Moody Blues, The Who, Los Bravos, los Troggs, Tom Jones, Lulu, los Easybeats, los Box Tops, Leslie Gore, Roy Orbison, Vanilla Fudge, Neil Diamond, Ray Charles, The Drifters, Otis Redding, las Supremes o Marvin Gaye pueden escucharse fomentando el consumo de una bebida con la que, por otro lado, tantos acompañan su elixir.

The Drifters – Things Go Better with Coke (1966)

The Who – Things Go Better with Coke (1967)

Tom Jones – Things Go Better with Coke (1966)

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Crosby, Stills, Nash and Young se cortan el pelo

5 febrero 2011

Empachados de paso del tiempo se presentan esta noche a mis oídos los muy anacrónicos Crosby, Stills & Nash (con Neil Young desde su segundo disco). Y quizá sea el del paréntesis quien todavía sostenga la llama de la modernidad, por ejemplo trabajando a dúo el año pasado con el gurú de la producción musical con raíces, Daniel Lanois, en el disco Le Noise. El resto, a saber: David Crosby (The Byrds), Stephen Stills (Buffalo Springfield, Manassas) y Graham Nash (The Hollies), formaron a finales de los sesenta el perfecto supergrupo; superhippies en acción por la contracultura naif que representó el bienintencionado pero ingenuo movimiento.

Se pusieron de largo en el festival de Woodstock, donde claro, entre calada y calada, gustaron mucho. Su primer disco, homónimo, data de 1969 y en él dieron cabida a tonadas que todavía hoy pueden escucharse en las radiofórmulas como Suite: Judy Blue Eyes o Marrakesh Express; más peligro que las dos anteriores llevaría Teach Your Children (well), gancho publicitario de su segundo disco, Déjà Vu; responsables todas de un cierto olor a alcanfor que se desprende al escuchar hoy sus discos; por pachulí que le pusieran en temas como Almost Cut My Hair (Casi me corto el pelo). Y es que, como ponen de manifiesto las fotografías promocionales de las varias reuniones de la banda, después de su poco definitiva separación en 1971 con el doble en directo 4 Way Street, sólo cuando Neil Young aparece la cosa promete.

Pero convengamos en que otras están muy bien.

Crosby, Stills & Nash – Helplessly Hoping (Crosby, Stills & Nash, 1969)

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David Bowie: Ziggy Stardust

29 diciembre 2010

Sujetado por un Ziggy con gomina, ese cojín en forma de llama situada en la parte inferior de la foto parece una pincelada recordatoria del paso del tiempo, un indicio, por si la textura de postal rescatada no fuese suficiente, de que el mundo retratado ya empieza a desaparecer.

En el centro la imagen, el David Bowie ya veterano del gesto que empezaba a ser catapultado a la cima de las listas de éxitos, cigarrillo en alto, con el gesto de victoria más preciso que hemos visto en ninguna de las portadas de sus álbumes, es alejado por una delgada neblina de su horizonte: los estudios de grabación de la RCA en Reino Unido.

No lo escolta en el autohomenaje Rick Wakeman. Ni Mick Ronson. Ni Ken Scott. Tal vez se advierta (no es seguro) un marco conteniendo algún trofeo discográfico ajeno. Rematando lo invisible se debería poder observar la silueta doble de nuestro hombre, con la mano a modo de visera sobre los ojos, casi cubriendo todo el cuadro, mirando hacia fuera. Hacia nosotros. Debería parecer sorprendido, como si dijese nunca pensé que a finales del 2010 hubiese todavía gente interesada en nuestro mundo. Puede que así fuera un segundo antes, pero el gesto fue otro, quizá porque los demonios no acostumbran a ser tan madrugadores.

Aun quedamos, pues, algunos de esos interesados en revivir retratos ficticios de Bowie, impulsados por la importancia que damos a abrir los ojos sin que necesitemos para ello de un desengaño, advirtiéndonos también entonces a nosotros mismos y a los demás de que como dicen en esa historia que nos va a empezar a contar el único rockero que queda vivo, no pienses que estás en ésta canción. Y todo puede resultar incluso ridículo, porque los sueños se encadenan igualmente, y sentado sobre la quinta silla de una total de nueve, sacando la cabeza por encima del cuello de una camisa blanca que parece dibujada a tiza por un niño, Ziggy Stardust se anima. El que está a su lado, ahora sí, es Mick Ronson, héroe del glam. Y de la figura de Rick Wakeman emerge una camisa morada sobre unos pantalones largos, mientras vemos como se sitúa de pie junto al puente por el que cruzan algunos inocentes que aun andan dormidos.

La foto imaginaria pudo haber sido tomada por muchos fotógrafos de renombre, pero para asegurarnos de que hacemos lo correcto, los que contamos debemos decir que sólo andábamos buscándoos un buen regalo, de esos valorados porque nos aclaran que nuestros nombres están apuntados, desde hace demasiado tiempo, a una contrarreloj.

David Bowie – Ziggy Stardust (Live in Santa Monica, 1972)

wagnerian

Chris Bell: Soy el cosmos

3 junio 2010

Que un disco publicado en 1992 contenga una colección de canciones inéditas desde finales de los años setenta es prueba suficiente de que la figura del músico causó bastante indiferencia. Mucho tuvo que ver que Chris Bell (1951, Memphis, Tennessee) fuera miembro fundador de un grupo maldito -Big Star-, tuviera un carácter depresivo y falleciese antes de cumplir los treinta. Sin embargo el disco contiene suficientes joyas de orfebrería pop como para preguntarse por qué aquel single publicado en 1977 (I Am the Cosmos/You and Your Sister) no despertó mayor atención. El caso es que la industria se quedó sin músico que promocionar al estrellar Chris Bell su coche contra un árbol la mañana del 27 de diciembre de 1978, y el single acabó siendo anticipo de nada en absoluto; hasta que quince años después se publicó el resultado de aquellas sesiones, provocando cierta admiración entre los participantes de aquello entonces incipiente que se dio a llamar ‘escena indie‘, pero pocos corrieron la voz.

Every night I tell myself:
“I am the cosmos,
I am the wind”,
But that don’t get you back again.
Just when I was starting to feel okay.

Cada noche me digo:
“Soy el cosmos,
soy el viento”,
pero eso no te trae de vuelta.
Justo cuando empezaba a encontrarme bien.

Parece mentira que un tema tan simple, y distorsionado hasta la saciedad, como el de ‘chico busca a chica’ dé para tanto. Si la cara A de aquel único sencillo publicado por Chris Bell contenía un “angustioso y esquizofrénico relato de desesperación romántica” (Jason Ankeny dixit) casi barroco, la cara B adornaba el conjunto con una frágil balada, tan bonita como tierna, en la que hacía coros Alex Chilton, compañero de Bell en Big Star.

¿Hacen falta más canciones de amor? Si son como éstas, sean.

Chris Bell – I Am the Cosmos (I Am the Cosmos, 1992)

Chris Bell – You and Your Sister (I Am the Cosmos, 1992)

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Mirando alrededor

20 febrero 2010

De acuerdo, hay músicas más sofisticadas, pero defendamos por un momento la tesis según la cuál la emoción puede estar contenida en una canción de tres minutos y medio. Es cierto, desconfiamos de un formato que ha sido explotado por la industria musical hasta la saciedad, todo desde el momento en que la juventud se sumó a la sociedad de consumo. Sí, en su día las emisoras de AM estadounidenses limitaban precisamente a esa duración de tres minutos y medio las canciones que emitían; aquello dejó espacio a la FM, una frecuencia con la que emitían sin tantas restricciones otro tipo de emisoras de radio, y por amor al arte (dos palabras poderosas), satisfaciendo la demanda de una audiencia menos tolerante al aburrimiento. A día de hoy la FM suena como en su día la AM o aún peor, correcto, pero sigue habiendo artesanos, más o menos en los márgenes, que consiguen alegrarnos el día, o fastidiarlo, según la emoción, en menos de tres minutos y medio.

He caminado durante horas,
necesito descansar.
Mira alrededor,
no hay donde descansar.

Hay un tienda
que vende trajes de caballero.
Un poco más allá
un agente inmobiliario o un par de ellos.

Y un cartel de comida para llevar
sobre una puerta sucia.
Fotos que brillan con comida,
ligeramente pasada por el microondas.

Hay un salón metodista.
Prohibido fumar
Prohibido perros

Hay un ambiente sombrío
en el salón metodista,
a pesar de un póster que dice que
“El Señor está con nosotros”.

Y es un día precioso,
para salir a caminar.

Es un día precioso,
pero no aquí.

Robert Wyatt – A Beautiful Peace (Comicopera, 2007)

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