Archive for the 'Un cuadro…' Category

Un momento, que la están peinando

10 abril 2011

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utopía / aipotu

19 enero 2011

Cierre los ojos.

Aquellos cuyas vidas son fecundas para ellos mismos, para sus amigos o para el mundo están inspirados por la esperanza y sostenidos por la alegría:  ellos perciben con su imaginación las cosas posibles y la manera de ponerlas en práctica. En sus relaciones privadas no sienten ansiedad por temor a perder el afecto y el respeto de que gozan: tratan de dar libremente su afecto y su respeto, y la recompensa les viene por sí misma sin buscarla. En su trabajo no les inquieta la envidia por sus competidores sino que se preocupan sin más de la tarea que hay que realizar. En política, no consumen su tiempo y su pasión defendiendo privilegios injustos de su clase o nación, sino que aspiran a hacer que el mundo en su conjunto sea más feliz, menos cruel, con menos conflictos entre ambiciones rivales y con un mayor número de seres humanos cuyo crecimiento no se vea empequeñecido y paralizado por la opresión.

¿Qué ve?

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Vassily Kandinski: Entwicklung in Braun, 1933

7 julio 2010

Vassily Kandinski (Moscú, 1866-Neuilly-sur-Seine, 1944), padre natural de la abstracción pictórica, llega a Alemania eludiendo presiones de su Rusia natal respecto a temas artísticos al instaurarse las leyes de propaganda de la Revolución. Se vincula durante esa larga etapa alemana a la escuela Bauhaus (1922-1933), cuya filosofía y acción artística estaba inspirada en tesis socialistas.

En 1933, con el advenimiento del régimen nazi, la labor educativa de la Bauhaus fue considerada arte degenerado. La Bauhaus perdió las subvenciones estatales, y se vio obligada a cerrar sus puertas. El artista es señalado por los nazis como persona non grata, y debe abandonar el país.

La paleta de colores brillantes que suele utilizar Kandinski, reflejo de su personalidad vital y de sus teorías emocionales respecto al color, se sustituye, en el cuadro que vemos arriba y que cierra ésta etapa, por tonalidades marrones. Finalizado en sus últimos días en Berlín, esos tonos poco propios del autor aluden al color marrón de las camisas de las milicias nazis. El marrón crea una fuerte presión sobre el área central repleta de figuras geométricas de colores vivos, como una serie de puertas que se cierran.

La esperanza ahogada del pintor en un futuro mejor respirará en París, donde vuelve a los colores plenos con la ayuda y el apoyo de Joan Miró.

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Roni Horn: Identidad

25 mayo 2010

Roni Horn (Nueva York, 1955) dice: no hace falta demasiado para hacer evolucionar una identidad. La simplicidad de los temas que utiliza en sus fotografías deja mucho espacio para esa especulación al espectador. Es su participación la que completa la obra y le permite tener significado.

Aunque la técnica fotográfica de Horn es tradicional (se inspira a menudo en el lenguaje del retrato a gran escala), su tratamiento de los objetos dentro del encuadre cuestiona esas tradiciones. Su obra Bird (1998-2008), veinte fotografías exhibidas en conjuntos de dípticos, es un ejemplo perfecto de la exploración de Horn en la identidad de los objetos fotográficos. Cada conjunto muestra un retrato muy detallado de un ave salvaje islandesa. Las aves están fotografiadas desde atrás, encuadradas como si fueran el busto de una estatua famosa, con cada imagen mostrando individualmente la cabeza y cuello de cada pájaro, lo que las convierte prácticamente en una mancha realizada con vistosas plumas. A primera vista las fotografías parecen una instalación de objetos irreconocibles, abstracciones jugando con la forma y el espacio, primeros planos y fondo, positivo y negativo. Sin rasgos, cuerpo, o símbolo alguno que podamos identificar rápidamente, sólo las plumas nos permiten saber que lo representado es un ave. En cuanto reconocemos al animal, sin embargo, detalles que nos habían pasado inadvertidos se convierten en obvios. Empezamos a cerciorarnos de lo específicas (como una huella digital o el tono de nuestra piel) que son las plumas del lomo de un ave.

Con dos imágenes casi duplicadas, una al lado de la otra, Horn exagera la individualidad de cada pájaro y la singularidad de cada fotografía, aunque muchas de las aves, y las mismas imágenes, sean semejantes. En dos tomas traseras idénticas, sin embargo, vemos dos gestos diferentes. Las curvas del cuello o las inclinaciones de la cabeza actúan como marcas de individualidad. Aunque Horn ha creado un documento casi empírico de un ave salvaje, fotografiada de modo estándar sobre un fondo blanco, Bird se transforma, con nuestra ayuda y atención, en un conjunto de retratos distinguibles, y por tanto, únicos.

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Andrew Wyeth: ‘Christina’s World’ (1948)

17 febrero 2010

Ahora que nos atrevemos a pensar en cosas que nunca vamos a decir, sabemos que lo que no decimos lo diríamos mejor si pudiéramos convertir la palabra en experiencia.

En una zona de paso del MoMA de Nueva York está expuesto uno de los mejores y más evocadores cuadros del minucioso Andrew Wyeth (1917-2009). Para verlo, hay que sacar el cuello sobre la coronilla de las personas que entran y salen de las salas, o meter la cabeza entre las que suben y bajan las escaleras, y no tienen más remedio que permitir vernos la obra o impedirnos disfrutarla. Se planificó así, como si molestara tener un cuadro tan apto para admirar y discutir en un museo tan lleno de gente. Lo mismo ocurre, sin ser mi pretensión mentir pero uniendo cierto espíritu al de la verdad, en el mismo museo y con obras de, curiosamente, Edward Hopper.

Duele porque, al menos el de Wyeth, es uno de esos cuadros que nos cuenta cosas mejores que las que nosotros pensamos, las digamos o no, y también porque nos habla de las personas que pudimos ser no hace mucho sin saberlo hasta entonces. O de cosas que no hemos vivido pero que en determinado momento decidimos que probablemente también nos pertenecen.

Wyeth contaba que la mujer que pintó arrastrándose a través de la hierba era su vecina en Maine:

Lisiada por la polio, estaba limitada físicamente pero jamás espiritualmente. Mi reto consistió en hacer justicia a su extraordinaria conquista de una vida que muchos consideraban carente de esperanza.’

Dos niños, junto a mí y como yo, intentaban echar un tranquilo vistazo al cuadro. Lo que llama la atención de un niño casi siempre merece la pena, así que insistí con ellos un buen rato, entre risas. Por eso ahora, y quizá ya entonces, cuando veo la mirada detenida de un niño, pienso en el mundo de Christina, o en el aquí y el más allá del cuadro de Wyeth. Y pienso en que el niño y su mirada también forman parte de mi vida, y de la vida de muchas miradas que no han sabido decepcionarnos demasiado a menudo.

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