Archive for the 'Un disco…' Category

Tupelo Honey de Van Morrison: Cuando el amor llega así, de esta manera

30 septiembre 2014

Van Morrison at Wally Heider Recording Studio

Van Morrison – Wild Night (Tupelo Honey, 1971)

Tupelo Honey, Van Morrison, 1971. No se dejen engañar, la canción que abre el disco, el bailable Wild Night, fue el tiro para las listas, pero el disco transcurre por derroteros mucho más románticos. Tupelo es el canto de amor de Morrison, irlandés pelirrojo bajito y malhumorado con una de las mejores voces blancas de música negra, poeta y cantautor. Dulces aires sureños de los que Van Morrison se sirviera para celebrar su amor y matrimonio con Janet Planet, cantante de jazz y musa particular del irlandés durante, la verdad, pocos años.

En la canción You’re My Woman (Eres mi mujer) el irlandés las gastaba de esta manera:

Te quiero/Realmente te quiero/Mi corazón es tuyo/Deseo sentirte/Y siempre que lo hago/Eres tú, tú eres mi sol/Yo la luz que te guía/Como un barco fuera, en la noche/Regresando gracias a la luz

Pero hay muchas más. En la que da título al disco (Miel de Tupelo), el enamorado compara a su enamorada con la miel que se produce en áreas cercanas a los ríos Choctawhatchee, Apalachicola y Ochlockonee. Meloso meloso. De ésta última canción dijo Bob Dylan que siempre había existido y que Morrison sólo había sido el vehículo terrenal para acercárnosla a nosotros los humanos, siguiendo la “inspirada” tesis según la cual las mejores canciones flotan en el aire y los artistas elevan sus antenas para detectarlas; supongo que Dylan debe decir cosas como esta de vez en cuando. Aparte (uno debería preguntarse por qué pescan las malas) no puede negarse que es una bonita canción.

Van Morrison – Tupelo Honey (Tupelo Honey, 1971)

Planet había nacido en el sur de los Estados Unidos, en concreto en Corpus Christi, Texas, y Morrison consumó con este disco también matrimonio con el folclore norteamericano de raigambre blanca, a diferencia de lo que había sido habitual hasta entonces en su carrera. Esto provocó que colaboradores habituales de Morrison de clara orientación jazzera como el pianista Jeff Labes o el guitarrista John Platania fueran substituidos por el piano honky-tonk de Mark Jordan, los punteos de Ronnie Montrose y la steel guitar de John McFree. En lo musical el resultado es cercano a los discos de la misma época de The Band, con quienes Morrison colaboraría años después. Creo que lo importante es que, lejos de producir un disco sensiblero e intimista, aunque sí pastoral, Morrison transforma sus coplas de amor en celebración a la vida, en el anhelo por empezar una nueva; como se expresa en una de las canciones más conseguidas, quizá por su sencillez, del disco: Empezando una nueva vida.

Vamos a movernos/En un futuro/Chica, hemos estado en el mismo sitio demasiado tiempo/Cuando oigo la canción de ese petirrojo/Sé que no ha de pasar mucho más/Hasta que encontremos el lugar al que pertenecemos/Y empecemos una nueva vida

Van MorrisonStarting a New Life (Tupelo Honey, 1971)

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Lou Reed: Metal y Rock ‘n’ Roll

6 septiembre 2012

El año que yo nací Lou Reed (1942) celebró su suicidio, su divorcio en público y de público mayoritario; y de prensa comercial y de compañía discográfica. Y lo hizo con una máquina de metal. Sueños que se congelaron en una mente poliédrica, abrasada en su adolescencia con un agresivo tratamiento de electroshock acordadado por la sanidad pública estadounidense y los progenitores del muchacho, angustiados por la notoria ambigüedad sexual del joven Lou, que no se ajustaba a los dogmas del patriarcado del pueblo judío. Puede que fuera entonces cuando convirtió su vida en un poema suicida, hiperrealista, endemoniado, desconsolado, en fin, después de años de periplo tratando de emular el éxito de sus artistas favoritos, primero escribiendo canciones a sueldo para una oscura compañía, luego, tras conocer a Sterling Morrison y John Cale, como celoso líder de The Velvet Underground (1965-1970).

Tuvo que llegarle el éxito de la mano de otros, y convengamos que esto debió ser difícil de digerir para aquel joven licenciado en literatura que intentaba conjugar expresión artística y reconocimiento comercial. De su asociación en 1972 con David Bowie y Mick Ronson se publicaría el disco Transformer, y de éste varios sencillos de éxito: Walk on the Wild SideSatellite of Love o Vicious; canciones que el artista arrastraba al directo como salvoconducto, en tratos con los promotores de conciertos que le toleraban el uso abusivo de sustancias a cambio de una buena pasta. Un año después, aprovechando el repentino éxito comercial de la etiqueta Lou Reed, la industria edita un disco en directo: Rock N Roll Animal, donde se  envuelven con vistoso andamiaje hard rockero viejas canciones de la Velvet y las ya inevitables en el repertorio de un artista que hace bueno aquello de drogas, rock and roll y vender muchos discos.

Sin embargo, entre la publicación de ambos elepés, Reed había grabado la que él consideraba su obra más personal hasta el momento, aquella en la que daba rienda suelta a sus desvaríos literarios: una colección de canciones depresivas con la ciudad de Berlin (1973) como escenario. El tema era lo bastante escabroso como para que pocas emisoras de radio quisieran oír hablar de ese disco, que acabó siendo un fiasco comercial. Claro, el artista adolescente quedó perplejo.

Y como si fuera necesario romper un hueso mal soldado para curar la fractura, o dar un paso adelante y decir: “aquí estoy y soy todo harapos”, en 1978 Lou Reed entregó a la compañía discográfica la que presentó a su junta como la revolución de la música pop. Mantuvo una reunión con sus perplejos miembros, que no acaban de creer que aquello fuera el futuro de nada, y en realidad contribuyó a que lo fuera de la electrónica. Una vez aprobado el lanzamiento, pudo alcanzar los lavabos donde no reprimió por más tiempo el ataque de hilaridad. El artefacto fue Metal Machine Music (1975).

Lejos de los sonidos de alto contenido eléctrico, pero también de sofisticados arreglos, el disco ofrecía 64 minutos de asalto sonoro equitativamente distribuidos por cara. Y de sonoro corte de mangas a quienes matan a sus hijos.

Lou Reed – Metal Machine Music, parte 1 [Metal Machine Music, 1975]

[audio http://dl.dropbox.com/u/17365018/Lou%20Reed%20-%20Metal%20Machine%20Music%20Part%201.mp3]

Johnny Hodges: Gone with the Wind

10 octubre 2011

Las tardes como vienen se van. Eso mismo deben pensar los discos de nosotras, las humanas. Ya sea el intérprete principal, el ingeniero de sonido o la novia del pianista, todas pasan de largo y los discos se quedan. Como quien guarda la discoteca del fallecido Johnny Hodges, pero podrían ser los de Duke Ellington, a poco que busquemos por la jota encontramos su disco de 1958 Blues-a-Plenty. Fantasía para saxo alto (Hodges), tenor (Ben Webster), trompeta (Roy Eldridge) y trombón (Vic Dickenson).

La tarde pasa, la música se queda.

Johnny HodgesGone with the Wind [Blues-a-Plenty, 1958]

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Henry Threadgill – X-75 Volume 1

9 octubre 2011

Henry Threadgill

Disco fósil, sedimentado en colecciones de vinilo, el primero de Henry Threadgill en solitario naufragó en oídos sordos. Acaso en previsión de ello su creador se permitió la licencia de convocar para su grabación un noneto, formación inverosímil en la historia del jazz, compuesto por una vocalista, Amina Claudine Myers, cuatro instrumentos de viento y cuatro contrabajos. Estos últimos, a cargo del Brian Smith’s Bass Violin Choir, son los encargados de soportar la estructura rítmica de las cuatro composiciones de Threadgill, que conforman un trabajo colectivo en el que no destaca solista alguno, excepto en Fe Fi Fo Fum, en el que Threadgill teje como solista al saxo alto, único tema que un purista podría denominar jazz. Durante el disco, el músico se combina entre flautas y saxofones junto a Wallace McMillanJoseph Jarman y Douglas Ewart. Nueve músicos para que destaquen sobremanera los arreglos. Extravagante y muy cierto.

Henry Threadgill – Celebration [X-75 Volume 1, 1979]

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Marc Ribot: Componiendo su banda sonora

9 febrero 2011

Marc Ribot (Newark, Nueva Jersey, Estados Unidos, 1954) es un guitarrista y compositor y, como el buen sentido no es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, destaca entre sus semejantes. Sus aventuras musicales le han llevado por múltiples proyectos, lo que para muchos supone un problema para colocar sus discos en la estantería. Sin embargo, si las etiquetas sirven para ayudar a los dependientes de las tiendas de discos, también pueden romperse o, mejor aún, hacer como que no están, en definitiva, que no sirven. Así, no es de extrañar que el músico haya propinado a diestro y siniestro los más angustiosos guitarrazos rockeros (Yo! I Killed Your God, 1999), visitado Cuba con los muy recomendables Cubanos Postizos (en el homónimo, pero en inglés, The Prosthetic Cubans de 1998 y, dos años después, con Muy Divertido!), colaborado una y otra vez  con John Zorn (etiquetado sin rubor como ‘músico de vanguardia’) o acompañado a Tom Waits. Será que de un tipo que cita como influencia al controvertido saxofonista ‘sin normas’ Albert Ayler se puede esperar cualquier cosa.

Con su último disco, Silent Movies (Pi Recordings, 2010), Ribot se presenta en solitario musicando la banda sonora de películas mudas imaginadas; solipsismo que rondará lo introspectivo y distante para aquellos cuyas emociones sean ajenas a las del músico y, sin embargo, hará las delicias de aquellos que sepan escuchar ese ‘Sí’ que a veces revolotea dentro. Nada nuevo para los que conozcan bien su discografía. Los paréntesis siempre cuentan más de lo que parecen y, por tanto, Marc Ribot es un guitarrista estadounidense, uno que escucha música de aquí, de allá y de más adentro, pero sobretodo uno con la habilidad instrumental suficiente y la personalidad necesaria para que su música sea inconfundible.

Marc Ribot – Delancey Waltz (Silent Movies, 2010)

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