Archive for the 'Un libro…' Category

The Road (John Hillcoat, 2009)

6 diciembre 2010

Ayer tarde vi llover, vi The Road y, como no estabas tú, te lo cuento. Aviso: la película es indiferente al mundo apocalíptico en el que se desarrolla, lo de menos son las causas de una hecatombe que, a diferencia de películas concebidas para sacar el sombrero en taquilla, aquí sirve de perfecto MacGuffin. Contemplamos un mundo poblado no por salvadores sino por supervivientes; los acontecimientos no son importantes, sí sus consecuencias.

Sé que el personal acudió a las salas esperando ver una película de acción para encontrarse otra cosa, con un alegato contra la deshumanización de la especie que nos ocupa. Pero el mérito es de la novela de Cormac McCarthy, no de la película de John Hillcoat. Un buen director con este material hubiera conseguido que los espectadores salieran arrastrándose de la sala, presos de la angustia. Una historia no va a cambiar el mundo, pero sí podemos pedirle unos instantes de sacudida que motiven para la reflexión, Hillcoat tiene que recurrir a la sangre para acercarse a algo parecido. Además, como tantas veces en el cine moderno, los flashbacks sobran; claro que entonces no podrían haber colado a Charlize Theron, hada de (otra vez) las taquillas.

Mérito también del autor de la novela que los personajes estén bien definidos. El hijo representa la esperanza de la humanidad, no como especie sino como animal civilizado (es el portador del “fuego interior”), por su parte, un notable Viggo Mortensen en el papel de padre simboliza el instinto de supervivencia, por tanto, la desconfianza que vivimos los unos respecto a los otros. McCarthy escenifica la tesis de Hobbes sobre el hombre como un lobo (feroz) para el hombre, permitiéndonos apreciar que se cumple en un medio en el que la existencia de los seres humanos no es segura. En un hipotético mundo en el que las necesidades básicas de las personas estuvieran garantizadas, Hobbes quedaría superado.

El final de la historia, que no revelaré, plantea una sencilla cuestión aritmética. Aunque nos pasemos la vida restando, a veces conocemos personas con la que sumar, gente que anda todo el tiempo tras nosotros (o por delante, quizá a la izquierda) y nosotros sin saberlo. Llegamos a la pescadilla, por fortuna el nudo gordiano es otra cosa.

Nick Cave & Warren Ellis – The Road (The Road, 2009)

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Conversaciones: Sampedro y Taibo

14 mayo 2010

Carlos Taibo Me gustaría que hablásemos del perfil propio de la política exterior española . (…) Hace unos días escuché a un colega italiano que me decía que en el discurso del centro derecha de su país Rodríguez Zapatero se presenta como el arquetipo del radicalismo izquierdista. (…) Más allá de que estemos dispuestos a reconocer que Rodríguez Zapatero es preferible a su antecesor, en ningún caso nos hallamos, precisamente ante un radical.

José Luis Sampedro Pues no. En ninguno de los sentidos del término. Si me permites un inciso, ésta es otra palabra cuyo significado original, el relativo a la raíz de las cosas, casi ha caído en el olvido por la carga peyorativa de la que se ha ido dotando, de tal manera que la definición de “radical” hoy se asocia a actos de violencia, disturbios callejeros ligados a los “movimientos antiglobalizadores” o a la planteamientos contrarios a la convivencia. No creo en la inocencia de este cambio.

Sobre política, mercado y convivencia (José Luis Sampedro y Carlos Taibo, 2006)

www.loslibrosdelacatarata.org

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El temor de lo insólito

22 abril 2010

¿No había un viejo chiste acerca de la mujer que habla tanto por teléfono que el marido, desesperado, corre a la tienda más próxima y la llama por teléfono para preguntarle qué cenarían esa noche?

Y, de repente, [su mujer] le resultó tan extraña que Montag no pudo creer que la conociese. Estaba en otra casa; como en ese chiste que contaba la gente acerca del caballero embriagado que llegaba a casa ya entrada la noche, abría una puerta que no era la suya, se metía en la habitación que no era la suya, se acostaba con un desconocida, se levantaba temprano y se marchaba a trabajar sin que ninguno de los dos hubiese notado nada.

(Fahrenheit 451, Ray Bradbury)

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Un libro de Vicenç Navarro, pásalo

11 enero 2010

En España, mientras puede contemplarse con mayor o menor perplejidad cómo los más radicalizados sectores conservadores pasean por las calles mensajes apocalípticos, tiene uno la sensación de que poco espacio hay para la izquierda, ni que ésta sea moderada. Cuando hoy día alguien habla de clases sociales le tildan de inmediato de jacobino, de vivir en el pleistoceno. Siendo Vicenç Navarro asesor de una candidatura del PSOE, y durante una conferencia de prensa, un periodista tildó de anticuado el eslogan sugerido por el propio Navarro para anunciar una propuesta de la extensión de los servicios de salud dental, todavía no incluidos en la sanidad pública española. Como responsable del eslogan, Navarro contestó al periodista que también parecía anticuada, por antigua, la Ley de la Gravedad, pero que seguía todavía vigente como podía comprobar si saltaba desde un tercer piso. Descubierta la falacia.

Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y profesor de Políticas Públicas en The Johns Hopkins University de Baltimore, EE.UU., Navarro estuvo exiliado de España por motivos políticos durante décadas, no fue hasta 1994 cuando regresó para reincorporarse a la vida académica catalana. No estamos hablando de un cualquiera, como indican en las notas de la contraportada del ensayo El subdesarrollo social de España, editado por Anagrama y regalado por el diario Público en su colección Biblioteca de Pensamiento Crítico, Navarro ha sido asesor de gobiernos como el socialdemócrata sueco y del de la Unidad Popular de Salvador Allende.

En el libro, el profesor Navarro se muestra de lo más persuasivo demostrando con datos objetivos cómo la España social (y recuerdo que lo es tanto como de Derecho según la Constitución) está todavía subdesarrollada en comparación con los países europeos de su entorno. El profesor aporta causas y apunta consecuencias en un discurso que explica por qué ha estado apartado de los medios de información (y persuasión según Navarro) públicos catalanes, controlados por el gobierno de Jordi Pujol, durante años. Un discurso que no puede calificarse de anticuado si no es después de levitar a tres pisos de altura.

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El hombre equilibrado

5 septiembre 2009

samuel-clemens-mark-twain

En 1905, pocos meses después de su setenta cumpleaños, Mark Twain escribió una carta a su íntimo amigo el reverendo Joseph Twichell en la que confesaba una de sus postreras preocupaciones: “¿Soy honrado? -preguntaba-. En confianza te doy mi palabra de honor de que no lo soy. Durante siete años he ocultado un libro que mi conciencia me dice que debo publicar”. Clemens se refería al ensayo ¿Qué es el hombre? que nunca publicó bajo su conocido seudónimo ni ningún otro; finalmente hizo circular una edición limitada anónima que pasó más bien desapercibida.

Desde hace años uno puede acudir a una librería y encontrar dicha obra bajo la marca Mark Twain. Ésta incluye un prefacio en el que el autor justifica su reservada postura: “Los estudios para este ensayo fueron comenzados hace veinticinco o veintiséis años. (…) Cada pensamiento ha sido meditado (y aceptado como una verdad indiscutible) por millones de hombres y ocultado, guardado en secreto. ¿Por qué no hablaron con claridad? Porque temían y no podían sobrellevar la desaprobación de las gentes que les rodeaban. ¿Por qué no los he publicado yo? Me ha retenido la misma razón, según creo. No puedo encontrar otra”.

Aprovecho esta aclaración introductoria para recordar que hay gobiernos que no osan pronunciar la palabra que empieza por “n” (la Administración Obama se está esmerando en evitar el término “nacionalizar”, tanto es así que algunos comentaristas de la prensa económica estadounidense ya han denominado con sorna la “palabra n” o “la palabra que empieza con n”). Esto en la actual realidad socioeconómica, cuando el sentido común, esa quimera, parece indicar que va siendo hora de que esos millones de personas de los que hablaba Twain, que hoy serán millones más, empiecen a hacerse oír. Porque si no, todavía van a colarnos que la crisis, en su origen, fue algo etéreo, de generación espontánea, cuando sabemos perfectamente que fue causada por la codicia del sector financiero. Por lo pronto afirmaré a las claras, a diferencia de Twain, también tengo menos que perder, que el sistema socio-político imperante no funciona más que para unos pocos.

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