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Chris Bell: Soy el cosmos

3 junio 2010

Que un disco publicado en 1992 contenga una colección de canciones inéditas desde finales de los años setenta es prueba suficiente de que la figura del músico causó bastante indiferencia. Mucho tuvo que ver que Chris Bell (1951, Memphis, Tennessee) fuera miembro fundador de un grupo maldito -Big Star-, tuviera un carácter depresivo y falleciese antes de cumplir los treinta. Sin embargo el disco contiene suficientes joyas de orfebrería pop como para preguntarse por qué aquel single publicado en 1977 (I Am the Cosmos/You and Your Sister) no despertó mayor atención. El caso es que la industria se quedó sin músico que promocionar al estrellar Chris Bell su coche contra un árbol la mañana del 27 de diciembre de 1978, y el single acabó siendo anticipo de nada en absoluto; hasta que quince años después se publicó el resultado de aquellas sesiones, provocando cierta admiración entre los participantes de aquello entonces incipiente que se dio a llamar ‘escena indie‘, pero pocos corrieron la voz.

Every night I tell myself:
“I am the cosmos,
I am the wind”,
But that don’t get you back again.
Just when I was starting to feel okay.

Cada noche me digo:
“Soy el cosmos,
soy el viento”,
pero eso no te trae de vuelta.
Justo cuando empezaba a encontrarme bien.

Parece mentira que un tema tan simple, y distorsionado hasta la saciedad, como el de ‘chico busca a chica’ dé para tanto. Si la cara A de aquel único sencillo publicado por Chris Bell contenía un “angustioso y esquizofrénico relato de desesperación romántica” (Jason Ankeny dixit) casi barroco, la cara B adornaba el conjunto con una frágil balada, tan bonita como tierna, en la que hacía coros Alex Chilton, compañero de Bell en Big Star.

¿Hacen falta más canciones de amor? Si son como éstas, sean.

Chris Bell – I Am the Cosmos (I Am the Cosmos, 1992)

Chris Bell – You and Your Sister (I Am the Cosmos, 1992)

Vineshoot

The Telescopes, ‘Taste’: Interrogando Al Espejo

10 diciembre 2009

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Describir la rabia del adolescente tardío que empieza a enfrentarse a las responsabilidades exigidas para su supervivencia diaria, y reticente a aceptar que las reglas del juego que le enseñaron sólo existen en el inconsciente colectivo de la humanidad. Empezar a asumir que verdad y justicia no van a ir de la mano en ese mundo que unos pocos años antes parecía tan sencillo de comprender. Ahí llega: el engaño al que ha sido sometido desde la infancia empieza a aflorar en forma de hermoso monstruo multicéfalo.

The Telescopes, grupo creado en Burt-On-Trent, Inglaterra, en 1986, hicieron aflorar ese monstruo, imaginemos que sólo en parte, a través del vinilo: ejercicio de violencia musical sin parangón en su época y respiradero de los viejos Blue Cheer, Velvet Underground, Stooges o Suicide, tras publicar varios sencillos en el sello (atención a los nombres de las discográficas) Cheree, el grupo ficha por What Goes On, que les edita Taste en 1989.

Producción a cargo de Richard Formby (miembro del grupo Spectrum), y teniendo como ingenieros de sonido a Ken MacPherson y Chris Bell (ex-Big Star), Taste es, sin duda, uno de los discos más feroces de finales de los 80, un maelstrom de wah-wahs distorsionados y fuzz que sólo se detiene para permitir que recupere aire su vocalista y compositor, Stephen Lawrie.

20 años tenía cuando creó las canciones de Taste, y el grupo pronto fue famoso por la corta duración de sus conciertos. A la media hora Lawrie estaba totalmente afónico, y para completar la noche los músicos se enfrascaban en una jam de ruido puro que dejaba aturdido al público.

Entroncando en espíritu con el ‘no future‘ del punk, el posterior viraje del grupo hacia terrenos menos espinosos nos deja con la tranquilidad de que Lawrie lo superó (el único corte delicado del disco, y el primero, And Let me Drift Away…, anticipa la carrera posterior del grupo).

No sabremos nunca si la música es un vehículo expresivo suficiente para que la frustración juvenil se convierta en hecho constructivo. Y digo ésto porque The Telescopes me hacen pensar en suicidas ilustres (Jim Morrison, Kurt Cobain,…) para los que no pareció serlo. Está claro que desde el principio de los tiempos cantamos y bailamos para intentar quitarnos los miedos, para intentarlo al menos. The Telescopes lo hicieron aquí con el mismo o mayor desespero que casi todos los caídos, no por el rock, sino por la incapacidad de enfrentarse a la vida, pero también con el mismo de muchos supervivientes. Y con el hecho diferencial de querer, además, pisar la línea que les podía separar del mercadeo musical de la época.

Lo consiguieron. Taste una tuvo promoción aceptable, pero la eclosión de Madchester y el shoegazing acaparaban la atención de la crítica independiente durante esos años. Se les dedicaron líneas de elogio, pero Inglaterra no estaba entonces para esos trotes. Hoy puede ser disco de culto.

(El disco fue reeditado en CD por Rev-Ola en 2006, añadiendo pistas extras en directo. Antes, en 1990, Cheree ya lo había recuperado en vinilo, tras la quiebra de What Goes On. En el vinilo, la última pista, titulada Suicide, acababa con un surco cerrado, que impedía el salto de la aguja y repetía el último sonido hasta que se apartaba la aguja manualmente).

The Telescopes – And Let Me Drift Away… (Taste, 1989)

The Telescopes – Threadbare (Taste, 1989)

The Telescopes – Violence (Taste, 1989)

wagnerian