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Javier Krahe: Otra entrevista

7 junio 2010

krahe

Me senté con Javier Krahe en la mesa de un bar, horas antes de su concierto en la Sala Malandar de Sevilla. Tuvimos una charla de una media hora, justo antes de la prueba de sonido. Él pidió café y yo una cerveza. Planteado el escenario, mi primera pregunta nació, como todas las que le hice y él amablemente contestó, de la candorosa curiosidad que despierta en mí una persona nacida en una familia acomodada que ha acabado cantando en garitos. Inicié la cuestión partiendo de sus años de escolar en el Colegio del Pilar de Madrid, Javier me interrumpió nada más nombrar la institución. “Nueve años”, dijo, y sonó como una condena.

PREGUNTA. ¿Y de allí pasaste a alguna facultad?

RESPUESTA. No, de allí me voy porque no me dejaban repetir sexto, que tenía que repetirlo (Risas). Y entonces hago sexto y pre-universitario en otro lado, en una academia, y de allí paso a la Facultad de Económicas y hago un año, el primero, y ya está, y me largué.

P. No conozco el Colegio del Pilar, pero me hago la idea, por la gente que ha pasado por allí, que sería de pago, católico… ¿Qué es lo que hace que Javier Krahe cambie de rumbo?

R. Yo creo que los impulsos eróticos (Risas). Es lo que veo como explicación más clara.

P. Pero con dinero también se liga.

R. Pues no sé, seguramente… Se liga… por arriba y por abajo (Risas). Yo no veía ningún horizonte en el modelo de vida heredado, aparte de ser muy mal estudiante. En realidad yo no me cuestionaba casi nada, realmente me coincide casi todo justo al hacer la mili, ya con veintiún años, donde decido que yo no puedo vivir con el modelo de vida que me han dado. En la mili, sentí un desprecio enorme por lo que era el ejército; me hice ateo de pronto, además en misa, que era obligado ir.

P. ¿Hasta entonces habías sido creyente?

R. Creyente sí, otra cosa es que no iba a comulgar, pero yo sí creía, y de pronto me di cuenta de que aquello no cuadraba por ningún lado.

P. ¿Qué te sucede en la mili?

R. ¿Qué te voy a decir? Lo que no era gris era pardo. Es que no apetecía nada de nada. Y entonces cuando acabé me dediqué a escaquearme, porque mis padres creían que yo seguía en la Facultad de Económicas. Cuando descubrieron mis chanchullos, me dijeron: “Oye, o trabajas o…”, entonces me puse a trabajar. Trabajé tres años en una agencia de publicidad y me marché a Canadá, estuve tres años allí; regresé, y volví a la agencia de publicidad, y estuve nueve años.

P. ¿Ya estabas escribiendo canciones?

R. En Canadá escribo varias canciones que tengo grabadas.

P. Siempre se nombra a Georges Brassens como tu gran (y obvia) influencia, pero habrá otras, por ejemplo, allí escucharías a Leonard Cohen.

R. En Canadá escuché bastante a Leonard Cohen, pero no me ocurrió con Cohen lo que me ocurrió con Brassens.

P. ¿Sabías francés cuando llegaste a Canadá?

R. No, algo del colegio, pero no lo hablaba.

P. Porque en Canadá estuviste en el francófono, ¿verdad?

R. Sí, estuve en el francófono, es allí donde lo aprendo.

P. ¿Es entonces cuando conoces a Brassens en profundidad?

R. En España había oído algunas canciones suyas, tres o cuatro. Mis hermanas decían que había un señor en Francia que decía muchos tacos, pero no lo entendíamos. Por ejemplo, en una canción que dice “cuando la muerte vino a golpear mi puerta”, como golpear es “cogner” (pronunciado sería algo así como coñé), pues yo pensaba que decía eso. Yo no entendía nada de nada de lo que decía, yo oía una musiquilla agradable y ya está. En Canadá aprendí realmente a toda velocidad, y cuando llevaba allí tres meses lo entendía todo, entonces me puse un disco de Brassens que había en casa de mis suegros y quedé fascinado, diciendo “pero bueno, qué cosas dice este hombre”. Desde luego para mí fue un zambombazo. Y me di cuenta de que dos canciones que yo había escrito eran totalmente ‘brassensianas’. Bueno, ojalá lo hubieran sido del todo (Risas).

P. ¿Las has grabado?

R. No, ésas no. Entonces me compré discos de Brassens, que estaba en activo y sacaba discos y esas cosas; recuerdo que los escuchaba en un tocadiscos de cartón, el más barato que encontré, porque yo no tenía dinero, era de cartón y se oía. Y todos los días pasaba dos horas escuchando a Brassens, todos los días. Y entonces, como yo había empezado a escribir canciones, decidí dejarlo porque, claro, pienso que ese hombre ha hecho todo lo que yo me pueda imaginar.

P. ¿Te intimida?

R. Me intimida totalmente, pero la intimidación no debió durar demasiado (Risas).

P. ¿Estudiaste la estructura de sus canciones?

R. Las estudié muy a fondo, sí.

P. ¿Cuándo empezaste a dar a conocer tus canciones?

R. Se las enviaba todas a mi hermano (Jorge Krahe) y él las cantaba, alguna se hizo bastante conocida por ahí. Mi hermano era ocho años menor que yo, tocaba muy bien la guitarra y cantaba muy bien. Pero él cantaba, por ejemplo, cosas de Dylan, bueno, afortunadamente cosas bastante variadas, y yo le pregunté si quería poner música a alguna letra que yo le diera, y me dijo que sí. Y así empecé.

P. ¿Te planteabas la posibilidad de ganar dinero con tus canciones o buscabas otro tipo de beneficio?

R. No, no… Bueno, vagamente sí. Me enteré que había gente que escribía letras de canciones, es decir, recibían derechos de autor, y me dije: “Oye, pues si un día…” Sé que eso me pasó por la cabeza, pero desde luego no era el motivo. El motivo era divertirme, es que yo tenía mucho tiempo libre en Canadá, porque de los tres años que estoy allí trabajo cinco meses y luego, a lo mejor, trabajaba algún día suelto.

P. En el documental Esta no es la vida privada de Javier Krahe (2006, Ana Murugarren, Joaquín Trincado) cuentas que te echaron de una librería por leer.

R. Sí. Entonces tenía mucho tiempo libre y me divertía pensando historias. Escribía a Jorge, le mandaba una carta con una letra a ver qué le parecía. Escribí veinticinco canciones con Jorge, de las cuales yo he grabado ocho (Don Andrés Octogenario, Hoy por hoy, Me internarán, Nos ocupamos del mar, Once años antes, Raúl, Tiralevitas y Un trivial comentario).

P. Tengo especial preferencia por la de Buñuel (Once años antes), con todas sus referencias cinéfilas.

R. Es que yo en aquel tiempo era cinéfilo.

P. Incluso llegaste a rodar algún cortometraje.

R. Sí, pero eso ya posteriormente, con treinta y algo. Era muy cinéfilo, me veía todo lo que se estrenaba en Madrid y más, porque me iba a la Filmoteca, me iba a la Casa Italiana, me iba la Casa Francesa. En ese plan podía ver mucho cine.

P. ¿Películas que no se exhibían en las salas?

R. Sí, recuerdo La batalla de Argel (La battaglia di Algeri, 1965, Gillo Pontecorvo), por ejemplo, que estaba prohibida en Francia y que yo vi en Madrid. Les di un corte a la gente de Francia cuando me dijeron que en España estaba todo prohibido, les dije que en Francia también prohibían cosas, ellos decían que no prohibían nada, entonces les pregunté si habían visto La batalla de Argel, contestaron que no y yo dije: “Pues mira, yo sí” (Risas). Claro que la tuve que ver en el Instituto Italiano, de complicado que era verla. Y ponían otras que no se estrenaban, pues a lo mejor porque no iban a ser comerciales, como alguna película de Buñuel. Y lo mismo en la Casa Francesa, que no se llamaba Casa, se llamaba ni sé cómo, era un centro cultural francés, allí todos los años había un ciclo. Yendo a la filmoteca se veían un montón de cosas. Yo me vi ocho de Mizoguchi seguidas, y sin subtítulos (Risas). Una de ellas con subtítulos en inglés, que no tenía yo ni idea o sea que lo mismo me daba.

P. Supongo que sólo con la fotografía ya disfrutabas.

R. Yo es que me iba a verlo todo. Ya no lo hago.

P. ¿De qué años hablamos?

R. Hablo de mis dieciocho a mis… treinta o así. En Montreal iba muchísimo al cine, tacadas de cuatro películas en un día. Y procuraba aprenderlo todo, hasta quién era el cámara. Es curioso porque cuando hoy voy al cine a ver una película no me fijo ni en quién la dirige ni en nada. Ya no siento aquello. A ver, disfruto mucho viendo cine, pero es distinto a lo que era antes.

P. ¿Qué había en aquellas películas como para que quisieras aprenderlo todo de ellas?

R. Pues que el cine era el espectáculo que más disfrutaba.

P. He escuchado a personas de tu generación decir que lo que les gustaba del cine que veían durante el Franquismo era que les permitía contemplar una forma de vida distinta que les encandilaba.

R. Y no sólo eso. Lo del cine también lo atribuyo a los impulsos eróticos. El cine es mucho más erótico que cualquier otro arte, la mayoría de las películas tienen un aspecto erótico. Recuerdo que tenía el libro de Ado Kyrou, todavía lo tengo, Amor, erotismo y cine, en donde eso queda muy claro, porque él escribe una historia del cine desde el punto de vista del erotismo y cuadra todo más o menos con cualquier historia del cine realizada bajo otro enfoque, siempre que la primera sea en serio. Porque Kyrou se lo toma muy serio, además era un escritor muy divertido porque era un radical total. O sea, él decía “la mejor película de la historia del cine es tal”, hala.

P. ¿Y cuál decía que era?

R. La edad de oro (1930) de Buñuel. Luego Ado Kyrou, lastimosamente, dirigió una película y qué mal la hizo (Risas). Y eso que era El monje (1972), con guión de Buñuel, del que se hizo amigo, claro, diciendo que la mejor película era La edad de oro y la segunda otra de Buñuel.

P. Me fijo en cómo has llevado tu carrera, tan distinta a la de otros cantantes y músicos, y me pregunto cómo has llegado a escapar de lo que podríamos llamar el modelo mayoritario de explotación de la industria discográfica. Porque tú empezaste firmando con una multinacional, CBS.

R. Sí, a la primera. Pues teniendo yo treinta y cinco años cuando empiezo y, como todos los de la CBS eran de veintitantos, pues a mí no me decían lo que decían a otros. Porque hace años conocí a mucha gente del mundo de la música, no sólo cantautores sino del mundo de la música en general, y era lastimoso porque eran todos de veinte años y les decía la discográfica que tenían que pintarse de colorado y se pintaban de colorado. A mí no me decían nada; no sé, me verían ya como un señor.

P. ¿Cómo acaba tu relación con CBS?

R. Bueno, hice Valle de lágrimas (1980), luego se graba La Mandrágora (1981), y después hago Aparejo de fortuna (1984). Con La Mandrágora ya me echaron. El disco iba muy bien, pero consiguieron una actuación en la gala televisiva de nochevieja, para que fuéramos nosotros (junto a Joaquín Sabina y Alberto Pérez), y yo dije que no, que nos acabábamos de separar. Me pidieron que nos juntáramos para esa noche y yo dije que no, que cuando una cosa se separa se separa. Y entonces me echaron de CBS. Pero al año cambia un directivo y éste me pregunta qué había pasado conmigo, porque en realidad los dos discos habían ido bien, yo se lo explico y entonces me ofrece grabar otro disco, y grabo Aparejo de fortuna, y ocurre que me llaman al cabo de poco porque han conseguido que actúe en Un, dos, tres, yo me negué y entonces me echaron otra vez. Y pasaron tres años o así, hasta que entra otro nuevo que me ofrece grabar un disco (Risas) y les hago Corral de cuernos (1985), y allí metí una canción, que era El hombre y el oso y el madroño, y ellos me quitaron el final de la canción.

P. Porque contenía una referencia al consumo de cannabis (Tú pásame la china, que vamos a fumar aquí en la capital) a ritmo de La Verbena de la Paloma.

R. Sí, diciéndome mentiras y sin tener razón. Me hablaron de que no podía hacerlo porque la canción tenía la música de La Verbena de la Paloma, que no podía ser porque los herederos de Tomás Bretón, que había dos que eran sobrinos-nietos o yo que sé, se iban a ofender, que si la memoria de su abuelo, que si eso de “pásame la china” era una vergüenza…

De repente sonó el móvil de Javier, le reclamaban para la prueba de sonido. Me invitó a que le acompañara hasta la sala y por el camino continuó contándome sus desventuras con la industria musical, cómo consiguió llevarse los másters del disco en directo Elígeme, que él ofreció después a una independiente para su publicación. Cuando llegamos a la puerta de la Malandar, con una sonrisa se despidió diciéndome “apáñate como puedas con lo que tienes”. Y eso hago, anotando hasta la despedida.

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Sobre el concierto: Javier Krahe: Live in Sevilla

La alargada sombra del anacronismo

20 mayo 2010

Mil años tardó en morirse,
pero por fin la palmó.
Los muertos del cementerio
están de Fiesta Mayor.
Seguro que está en el Cielo
a la derecha de Dios.
Adivina, adivinanza,
escuchen con atención.

A su entierro de paisano
asistió Napoleón, Torquemada,
y el caballo del noble Cid Campeador;
Marcelino de cabeza
marcándole a Rusia un gol,
el coño de la Bernarda,
y un dentista de León;
y Celia Gámez, Manolete,
San Isidro Labrador,
y el soldado desconocido
a quien nadir conoció;
Santa Teresa iba dando
su brazo incorrupto a Don
Pelayo que no podía
resistir el mal olor.

Y el marqués que ustedes saben
iba muy elegantón,
con uniforme de gala
de la Santa Inquisición.
Bernabeu encendía puros
con billetes de millón,
y el niño Jesús de Praga
de primera comunión.
Mil quinientas doce monjas
pidiendo con devoción
al Papa santo de Roma
pronta canonización.
Y un pantano inagurado
de los del plan Badajoz.
Y el Ku-Klus-Klan que no vino
pero mandó una adhesión.

y Rita la cantaora,
y don Cristóbal Colón,
y una teta disecada
de Agustina de Aragón.
La tuna compostelana
cerraba la procesión
cantando a diez voces
‘Clavelitos de mi corazón’.
San José María Pemán
unos versos recitó,
servía Perico Chicote
copas de vino español.
Nunca enterrador alguno
conoció tan alto honor,
dar sepultura a quien era
sepulturero mayor.

Ese día en el infierno
hubo gran agitación,
muertos de asco y fusilados
bailaban de sol a sol.
Siete días con siete noches
duró la celebración,
en leguas a la redonda
el champán se terminó.
Combatientes de Brunete,
braceros de Castellón,
los del exilio de fuera
y los del exilio interior
celebraban la victoria
que la historia les robó.
Más que alegría, la suya
era desesperación.

Como ya habrá adivinado,
la señora y el señor,
los apellidos del muerto
a quien me refiero yo,
pues colorín colorado,
igualito que empezó,
adivina, adivinanza,
se termina mi canción,
se termina mi canción.

Joaquín Sabina – Adivina, adivinanza (La Mandrágora, 1981)

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Amnesia en el paladar

13 agosto 2009

memory

No sé si a ustedes también les sucede, no es el tipo de temas que sacábamos a debate entre los jóvenes y los mayores sólo hablamos de lugares comunes, de manera que no sé si es inherente a la especie. El caso es que yo no consigo acordarme de los sabores de los alimentos ingeridos que fueron dignos de recuerdo, para qué hablar de las texturas.

El contacto con aquella porción de la tarta de manzana recién horneada de un restaurante italiano de Calafell, los calamares rellenos de mi madre o unas lonchas del “mejor jamón que comerás nunca; podrás comer jamón parecido, pero no mejor” son sabores que he perdido definitivamente. Ahora no son más que escenas planificadas en la sala de espera que es la memoria con las que intento recuperar esos momentos culinarios mágicos, nunca lo consigo.

Sería fantástico poder, en cualquier momento, en cualquier situación, recrear en perfecta armonía textura y sabor de aquellos platos degustados que tanto nos agradaron. Acaso semejante prerrogativa nos condujera a la abstinencia del disfrute de tales manjares para reducir cintura: por qué comer lo que engorda si quitando el polvo a la memoria me llevo de nuevo a la boca los lenguados a la plancha y las cervezas de una playa gaditana.

Joaquín Sabina y Vainica Doble – Con las manos en la masa

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