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Charlie Parker que no estás en los cielos

22 febrero 2013

Una cosa es segura respecto a Parker: carecía del más elemental sentido común. Suele ocurrir con los genios. La falta de juicio le impulsó a llevar una existencia autodestructiva, es cierto. Pero, al mismo tiempo, esa independencia, esa irrefrenable impulsividad, convirtieron a Parker en uno de los más grandes músicos de la Historia. Y no me refiero sólo al jazz. De haber tenido juicio, de ser conformista, se habría limitado a preguntar a su profesor de Kansas, Alonzo Lewis, cómo tocar jazz. Éste, sin duda, le habría contestado que el jazz ha de tocarse tal y como lo hacían los “padres” del género: en pocas tonalidades, sólo las más fáciles para los instrumentos de viento. Pero esa pregunta nunca existió. Alguien había dicho a Parker que existen 12 tonos, uno por cada una de las teclas blancas y negras de un piano. Así pues, ¿por qué no utilizarlos todos para tocar jazz? Parker se empeñó en aprender los diversos tonos y escalas; los grabó en su memoria, incluso las escalas menos frecuentes en el jazz.

Pero no solo de tonos, escalas e intervalos se nutría el genio. En su fonógrafo portátil repetía una y otra vez los discos de su admirado Lester Young. Aprendió sus solos nota a nota, conoció la forma en que Lester sostenía las notas para dotarlas de mayor swing, también asumió su “falsa digitación”, mediante la cual era posible hacer surgir la misma nota desde distintas posiciones de los dedos, lo que permitía tocar una misma nota con diferentes efectos de cualidad y textura. Charlie Parker vivía para su instrumento, el saxo alto.

Evidentemente, sus ansias por innovar no podían hacerse efectivas en el seno de las big bands de los años 30, empeñadas, salvo excepcones honrosas (hey Duke!), en reiterar melodías y cambios de acordes prefabricados y aptos para el baile. Pese a ese corsé que suponía tocar en una big band, su cabeza era un semillero de nuevas ideas. Él mismo lo explica mejor que nadie: “una noche estaba tocando en un establecimiento de chiles picantes situado en la Segunda Avenida. Era en diciembre de 1939. Estaba aburriéndome con las variaciones estereotipadas que llevábamos haciendo todo el tiempo, y me puse a pensar que había que llegar más allá. Esa noche, mientras tocábamos Cherokee, descubrí que estaba utilizando intervalos más agudos como linea melódica y que lograba enlazarlos mediante variaciones de acordes adecuadas. A partir de ese momento conseguí tocar lo que llevaba cierto tiempo escuchando en mi cabeza. Me sentí vivo”.

Todavía se mantuvo algunos años más como músico a sueldo de big band, pero la revolución era ya imparable. Pronto trabó amistad con otros jóvenes transgresores que trataban de encontrar su estilo propio fuera de su trabajo en las bandas. Dizzy Gillespie, Kenny Clarke, Monk, Bud Powell y el propio Parker crearon el nuevo jazz en las madrugadas del Minton’s Playhouse, un garito de poca monta situado en pleno Harlem que todos ellos gustaban frecuentar para organizar las famosas jams en las que primaba todo el ideario musical de Parker: improvisación, velocidad, polirritmia y agresividad. Así, casi sin proponérselo, un puñado de monstruos alumbraron la música más maravillosa que se pueda imaginar: el be-bop.

El gran Louis Armstrong perdió una buena oportunidad de mantener su enorme boca cerrada cuando, ante el ascenso imparable de esta nueva generación, afirmó: “…hablo de todos esos jóvenes excéntricos de la calle 52. Ellos quieren ganar dinero prioritariamente y les importa un bledo la música. Uno escucha esas armonías extrañas que nada significan y pronto se cansa porque no puede recordar la melodía y no se puede bailar sobre el ritmo. Nosotros (refiriéndose al jazz tradicional de los 20 y 30’s) estaremos aún ahí cuando hayan caído en el olvido. Serán barrenderos de las calles mientras que nosotros comeremos bogavante en el Negresco”.

Charlie Parker. Heroinómano, alcohólico, bulímico. Genial, innovador, virtuoso. Tal vez el hecho de escuchar hoy a Parker no produzca las mismas sensaciones que hace 50 años. Tal vez, quienes se acerquen a él por vez primera piensen que no hay nada novedoso en su música, que es lo de siempre. Que eso sea así no se debe a cosa distinta que la tremenda influencia que Parker ejerció en todos los jazzmen posteriores. Desde Rollins a Adderley, pasando por Coltrane, todos ellos se han inspirado en Bird y han asumido su lenguaje.

Nunca apareció en la portada de un gran periódico, nunca apareció en producciones de Holywood, nunca, ni una sola vez, grabó para un sello discográfico de renombre. Ahora, 60 años después, es fácil hacer las reverencias. Es fácil inaugurar bustos en su recuerdo. ¿Verdad, alcalde de Kansas? Encima tan feos como éste.

Charlie Parker – Lover Man (Complete Dial Sessions, 1947)

ciruja

Panegírico para Charles Mingus

21 junio 2009

mingus

Cuando hace unos años empecé a escribir estas líneas tenía la sensación de estar lanzando al mar un mensaje en una botella. Afortunadamente perduraban en mí reminiscencias de cierto romanticismo decimonónico, vaya usted a saber por qué, y me embarqué feliz en un viaje que recorría tiempo y espacio conectando mi vida con la de un genial bajista y compositor de música jazz nacido el 22 de abril de 1922 en una base militar sita en Nogales, Arizona, cerca de la frontera con México. Entonces, como ahora, esperaba que esta conexión animase a los lectores y se dejaran embargar, no hay otra forma, por la misma emoción que yo siento todavía al escuchar su música.

Además de haber sido un virtuoso de su instrumento, el contrabajo, líder de bandas de jazz que contaron entre sus miembros algunos de los mejores músicos e instrumentistas de toda una generación, Charles Mingus fue uno de los grandes compositores de música del siglo XX. Eso se deduce al escuchar, por ejemplo, la épica Meditations on Integration: una epopeya de más de veinte minutos de duración que se podría imaginar llevada al cine por Cecil B. DeMille de no ser por el tema y el formato (se trata de un nuevo viaje temporal en el espacio, esta vez para caer prisioneros de una realidad que no es la nuestra, sino la de quien nació en el África negra y llegó a América como esclavo). Sucede que Mingus también tenía afecto por los ritmos infecciosos de la música popular norteamericana, léase blues y R&B, además gozaba de un excelente y chabacano sentido del humor y, lo que fue decisivo en su carrera, fue activo militante en la lucha por los derechos de los ciudadanos de raza negra en los Estados Unidos, hasta tal punto de que su militancia le ocasionaría más de un problema con las fuerzas del orden. El tema Original Faubus Fables del disco Charles Mingus Presents Charles Mingus (1960) (disco cuyo contenido político impidió a Mingus publicarlo en su sello habitual) es un excelente ejemplo de estas manifestaciones. Todo ello le perjudicó a la hora de ser considerado por parte de la crítica musical de su época, en su mayoría de raza blanca, como el excelente compositor que fue. Aquellos que gustan de los clásicos como única forma de expresión musical reconocible pueden también acudir en busca del talento de Mingus en discos de su etapa de madurez como Mingus Moves de 1973 o recurrir al documental Charles Mingus: Triumph of the Underdog, realizado por Don McGlynn en 1997, buena parte de este último enfocado como instrumento corrector.

Charles Mingus se crió en un ambiente reaccionario y racista donde se le discriminó tanto por ser parte negro como por ser parte blanco. Sus abuelos maternos tenían nacionalidades china y británica, mientras que los paternos eran de origen sueco y africano. El primer conocimiento que tuvo el joven de la música fue en la Iglesia de Holiness, suburbio negro de Los Ángeles donde se había trasladado su familia. Allí demostró tener buen oído y amigos para convencerle de que abandonara los estudios de chelo, un instrumento más propio de blancos que de negros, y se dedicara a practicar con el contrabajo. Tomó lecciones de Red Callender, contrabajista profesional de la era del swing, y en 1940 consigue su primer trabajo en la banda del batería Lee Young (hermano de Lester). Ya en 1942 Mingus se había convertido en un efectivo contrabajista, teniendo incluso la oportunidad de realizar varias actuaciones acompañando a Louis Armstrong. Más tarde se traslada a Nueva York, cuna por aquel entonces de las nuevas tendencias musicales, introduciéndose en los círculos de la nueva música jazz, el bebop. Participó en el mítico concierto de 1953 celebrado en el Massey Hall de Toronto junto a luminarias del género como el saxofonista alto Charlie Parker, el trompetista Dizzy Gillespie, el pianista Bud Powell y Max Roach a la batería. A partir de entonces llegaría su periplo como líder, su primer contrato discográfico y su primera obra maestra: Pithecanthropus Erectus (Atlantic, 1956).

Hoy en día, la crítica le considera como un músico de vanguardia, y Charles Mingus se nos descubre en la mayor parte de su producción discográfica, incluyendo la póstuma, como uno de los iconoclastas que cambió la forma de entender la música jazz. Una vez reconocida, y reverenciada en su caso, la influencia de Duke Ellington y Charlie Parker, creó un lenguaje nuevo y receptivo a los ecos de músicos tan dispares en forma, que no en concepto, como Ornette Coleman e Igor Stravinsky. La trompeta que doblaba la sección de viento al minuto y medio de Peggy’s Blue Skylight (Tonight at Noon, 1957) que recuerdo sonaba mientras escribía estas líneas no dejaba lugar a dudas.

Nos queda, como guardián de la memoria, su música. Las grabaciones de Mingus son melodías de sirena que atraen hacia sí todo ejemplo de consciencia, jugando con nuestro cuerpo y mente hasta dejar al oyente extasiado; es decir, debemos de realizar el honesto esfuerzo de considerar a Charles Mingus a la altura de otros grandes de la música norteamericana de todos los tiempos por partida doble, no sólo como excepcional intérprete sino sobretodo como uno de los compositores fundamentales de la más relevante manifestación cultural realizada en el norte del continente americano: la música jazz.

Discografía seleccionada: The Clown (Atlantic, 1957), New Tijuana Moods (RCA, 1957), Blues & Roots (Atlantic, 1959), Mingus Ah Um (Columbia, 1959), Mingus Dynasty (Columbia, 1959), Mingus at Antibes (Atlantic, 1960), Charles Mingus Presents Charles Mingus (Candid, 1960. Atlantic se negó a publicar proclamas antirracistas como el citado Original Faubus Fables, 1960), Oh Yeah (Atlantic, 1961) y, el para muchos favorito, The Black Saint and the Sinner Lady (Impulse, 1963). Todos grabados entre finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, constituyen el cuerpo de la obra discográfica  y son un buen lugar donde conocer, a través de su música, a Charles Mingus; fallecido el 5 de junio de 1979 en Cuernavaca, México.

Charles Mingus – Wednesday Night Prayer Meeting (Mingus at Antibes, 1960)

Ted Curson – Trompeta
Eric Dolphy – Saxo alto
Booker Ervin – Saxo tenor
Charles Mingus – Contrabajo
Dannie Richmond – Batería

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