Kraftwerk: El rock ha muerto

9 Febrero 2010

“El sintetizador es un instrumento psicoanalítico, es un instrumento freudiano. Es parecido a los electrodos que el neurólogo te pone en la cabeza para hacerte un encefalograma, y los resultados son muy parecidos. Nos sentimos muy satisfechos con las posibilidades que el sintetizador nos brinda en la actualidad, aunque esperamos que se avance todavía más en ese terreno”. (Ralf Hütter, Kraftwerk)

Empeñados en sonar distintos, los profetas del tecno pop abandonaron instrumentos como las guitarras eléctricas y las baterías, que habían caracterizado la música popular de las dos décadas anteriores, en favor de los sintetizadores y las cajas de ritmos. Las consecuencias se dejaron notar en los gustos de los adolescentes de los años ochenta. Atrás quedaron las comunas al sol, para imponerse una estética sintética que, años después, con el advenimiento del SIDA, encontraría su perfecta metáfora en el preservativo.

Kraftwerk fueron paradigma de esta revolución. Pioneros en los setenta, emergieron de la misma corriente musical alemana que alumbró formaciones como Can o Tangerine Dream, con los que guardaron cierto parecido en sus primeras grabaciones. El grupo giraba en torno a la personalidad de Florian Schneider y Ralf Hütter, estudiantes ambos de música clásica en el conservatorio de Dusseldorf. Su primer disco se editó en 1971, con el nombre Kraftwerk 1, ya desde el título una declaración de intenciones, inaugurando una serie de diez discos hasta el momento. Discos en los que, a pesar de lo que pudiera pronosticarse, se descubre una fenomenal demostración de dominio de la máquina para interpretar pasajes sonoros minimalistas de notable expresividad, pero que en ocasiones pueden llegar a congelar el ánimo del oyente, atrapado en un trance inducido por la máquina cibernética. Su disco de 1974 Autobahn es un buen ejemplo.

Los miembros de Kraftwerk (“central eléctrica” en alemán) interpretaron el papel de robots que bailaban en búsqueda incesante de lo moderno; deshumanizando al músico, que afirmó estar dominado por la máquina, ser el hombre-máquina, consumidor de la última tecnología que le proporcionaba el mercado. En algunos de sus conciertos, se suplantaron a sí mismos por cuatro maniquíes, los músicos se limitaron a accionar los potenciómetros y saludar a un público deslumbrado por la osadía de lo nunca visto. Letras como la contenida en su tema Radio-activity parecen revelar la impostura: “Yo soy la antena, tú eres el transformador. Pásame la información”. No es el músico ni la canción la que posibilita el negocio de la música sino el oyente.

Kraftwerk – Kometenmelodie 1 (Autobahn, 1974)

Kraftwerk – Boing Boom Tschak (Electric Cafe, 1986)

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Robert Frank: ‘The Americans’

3 Febrero 2010

Probablemente Robert Frank no pretendía encontrar en el camino al enemigo de su futuro personal, ese al que llaman patriota, y que pretende cobrarnos por algo que es en esencia nuestro. Podríamos llamar a eso robo, de forma peculiar, porque engañarse no es robar, a no ser que uno se desplume a sí mismo.

A falta de razones para quedarse en su Suiza natal, Frank viajó a Nueva York con el oficio de fotógrafo bien aprendido. Llegaba agotado por la falta de motivación, y triunfar en la fotografía de moda no fue más que otra forma de las muchas que tiene la tiranía de atarnos a sus placeres. Allí conoció íntimamente a Kerouac, a Ginsberg, y la presencia telúrica de la generación beat en aquellos E.E.U.U. le permitió embarcarse en una aventura de dos años, 28.000 fotografías y varios arrestos, probablemente injustificados, a través del país.

Sólo 83 imágenes fueron seleccionadas por el autor para pasar a formar parte de The Americans (1958), al parecer uno de los libros más influyentes en la fotografía del s.XX. Aquí ya cada uno puede poner su paraguas particular, pero cuidando de no quedarse a la intemperie resumiendo un tema complejo con alguna intención fabulada.

Técnicamente, su utilización de la máquina es ruptura, como en el cine lo fue la máquina de la Nouvelle Vague: enfoques inusuales, uso de luz baja… una meditación generalizada de esos cánones inexplicables que también atan la expresión verdadera en el arte y en los corazones lisiados.

Sus intenciones siempre las buscamos más sencillas, para intentar no hundirnos en simplezas: esa solución no siempre malintencionada de poner un espejo frente a la patria no legitima la histeria, pero lo cierto es que los padres de la patria estadounidense no pudieron resistir la tentación de dejar que el libro se editara antes en Europa. Y no indignó que Frank mostrara algunas miserias, que no eran tantas porque eran las mismas que las de los demás, sino que mostrara que los iconos, los útiles, no se implantan. Que cierta magia, por formidable que parezca, no decide nuestros nombres. Ni nuestras razones. Lo que le regalamos a la libertad ya nos lo ha robado antes la patria.

Por eso no es extraño que ante la adversidad cambiemos nuestra relación con la historia, y que en el silencio del pueblo americano se hicieran algunos cambios a través de la cámara de Robert Frank.

wagnerian


Veneno de Pata Negra

27 Enero 2010

Es curioso observar cómo el germen de Pata Negra, uno de los más claros exponentes en eso que hemos dado en llamar “rock andaluz” (algo por lo demás bastante heterogéneo), se encuentra en dos mundos distintos. Por un lado el de los hermanos Rafael y Raimundo Amador, que provienen de un ambiente marginal, el barrio sevillano conocido como las “tres mil viviendas” (solución urbanística aprobada en 1968 y ejecutada en 1977, con que la que se quiso concentrar varias agrupaciones de chabolas en una única zona situada, por supuesto, a las afueras de la ciudad). Quien no haya estado en las Tres Mil no se puede hacer una idea de lo qué es aquello; habrá sitios peores, pero sin duda es un sitio chungo. Los Amador a lo que se dedican allí mayormente es a tocar la guitarra, cantar y fumar porros.

En una de éstas conocen a Kiko Veneno, nacido en Cataluña pero criado en Sevilla, licenciado en Filosofía y Letras, a quien le va la bohemia y a ella se dedica, componiendo canciones y tocando la guitarra mientras viaja por Europa y Estados Unidos. Fue Kiko Veneno quien empezó a poner discos de rock a los Amador. Según tengo entendido llegaron a compartir los tres un piso donde se podía fumar costo sin parar, escuchando a unos gitanos y a un payo improvisar sobre discos de Pink Floyd, blues y flamenco. La familia Amador estaba indignadísima porque sus hijos se apartaban del flamenco que se suele considerar más puro.

Los tres empiezan a juntar un repertorio y a darse a conocer como Veneno y, en 1977, Ricardo Pachón, un tipo famoso en Sevilla por estar metido en eso de los artistas (ha producido a Camarón, Lole y Manuel, Silvio y demás), consigue hacerles grabar un disco en unas sesiones precipitadas, siempre después de despedir a toda la camarilla que acompaña al grupo y, según cuenta el propio Pachón, de repartir un tripi disuelto en un vaso de agua entre los músicos. El disco Veneno fue censurado por su portada, una fotografía de una postura de costo en la que se había grabado el nombre del grupo (la solución del problema fue envolver el material en papel de aluminio) y no vendió un carajo, que se dice por Sevilla. Sin embargo, con el tiempo, es citado por todos y señalado como uno de los discos más influyentes de la música popular española en revistas de reputación tan dudosa como Rolling Stone. Puedo dar fe de que, si bien algún tema está por pulir, es un buen disco. En todo caso, un buen ejemplo del potencial de esa mezcla entre flamenco y blues que los Amador tocan de esa forma tan natural. Talento en bruto y marginal, aderezado por las letras alucinadas de Kiko Veneno.

Después del fracaso discográfico, Veneno se separa y los Amador deciden montar su propia banda, Pata Negra. De los discos de Pata Negra que he escuchado con atención, yo me quedaría con tres: Pata Negra (Mercury, 1981), el más flamenco, Guitarras callejeras (Nuevos Medios, 1985), el que más me gusta, y Blues de la frontera (Nuevos Medios, 1987), el más comercial. Teniendo en cuenta que los Amador predican en lo musical algo ajeno a la sofisticación y que las letras están escritas justo después de fumarse un caliqueño, lo cierto es que, de nuevo, la manera en que mezclan blues y flamenco, que tanto llamó la atención de B.B. King, en temas como Rock del Cayetano (la versión del disco Guitarras callejeras) o el instrumental Blues de la frontera, es prodigiosa. Incluso, en algunos temas (Morao Mellizo, La pata negra) utilizan estructuras que pueden llegar a recordar al jazz, pero muy de refilón.

Pata Negra – Rock del Cayetano (Guitarras callejeras, 1985)

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